Dimensión misionera de la Orden

Profetas en el mundo de la salud

ORDEN HOSPITALARIA DE SAN JUAN DE DIOS

 

ORDEN  HOSPITALARIA  DE  SAN  JUAN  DE  DIOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DIMENSIÓN  MISIONERA

DE  LA

ORDEN  HOSPITALARIA  DE SAN JUAN DE DIOS

 

 

Profetas en el mundo de la salud

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ROMA, 1997

 


ORDEN  HOSPITALARIA  DE  SAN  JUAN  DE  DIOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DIMENSIÓN  MISIONERA

DE  LA

ORDEN  HOSPITALARIA  DE SAN JUAN DE DIOS

 

 Profetas en el mundo de la salud

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ROMA, 1997


 


 

 ÍNDICE  GENERAL  

       Pág.

Siglas y abreviaturas principales   

Presentación       

Introducción     

 

I. PARTE - NUESTRA MISIÓN EN LA IGLESIA: ANUNCIAR Y HACER PRESENTE       EL EVANGELIO DE LA MISERICORDIA.

 

Capítulo I. Dimensión evangelizadora de la Iglesia

1. Jesús de Nazaret. Sentido de la vida del hombre   

2. Experiencia de fe y anuncio del mensaje de salvación   

3. Compromiso de la Iglesia en la evangelización 

4. La fuerza evangelizadora y pastoral del Concilio Vaticano II      

5. Exigencias evangelizadoras presentadas por el Magisterio:

       Evangelii nuntiandi y Redemptoris missio

6. Respuestas misioneras de la Iglesia. La nueva evangelización 

7. La Vida Consagrada en el misterio y misión de la Iglesia

 

Capítulo II. Juan de Dios: Hermano-Siervo para la salvación de todos

1. Seducido por la misericordia de Dios   

2. Testigo de la Hospitalidad de Dios   

3. Contagió el amor al prójimo      

4. Los primeros compañeros      

5. Signos proféticos y evangelizadores de su vida     

 

II PARTE. ELEGIDOS PARA EVANGELIZAR A LOS POBRES Y ENFERMOS.

              PANORÁMICA HISTÓRICA

 

Capítulo III. La Orden Hospitalaria hasta mediados del S. XIX

1. De la muerte de Juan de Dios hasta la división de la Orden en dos Congregaciones

2. División de la Orden en dos Congregaciones

2.1. Congregación Española

2.2. La Congregación Italiana

3. La Orden en América hasta finales del siglo XIX

4. Presencia de los Hermanos en Asia, África y Oceanía

5. Valores de la Hospitalidad y factores que influyeron en la difusión de la Orden

6. Fieles a la Hospitalidad hasta el martirio

 

Capítulo IV. Respuesta apostólico-misionera de la Orden desde mediados del S. XIX

             hasta nuestros días

1. Extinción de la Congregación Española

2. Decadencia de la Congregación Italiana

3. Decadencia y desaparición de la Orden en las Provincia ultramarinas

 

 

III PARTE. COMPROMETIDOS EN LA HOSPITALIDAD

 

Capítulo V. Doctrina de la Orden sobre la evangelización

1. Principios sobre la evangelización recogidos en las Constituciones

2, La dimensión apostólico-misionera en los escritos de nuestros Hermanos

3. La acción misionera según el pensamiento de nuestros misioneros

 

 

Capítulo VI. Organismos de la Orden al servicio de la evangelización

1. Organismos de la Curia General al servicio de las misiones

2. Organismos Interprovinciales o Provinciales.  

 

IV PARTE. EL HOY DE LA HOSPITALIDAD

 

Capítulo VII. Nueva difusión de la Hospitalidad

1. Europa: fuerza dinamizadora de la presencia de la Orden

2. El hoy de la Orden en América

3. África: savia nueva en el árbol de la Hospitalidad

4. Asia: presencia de la Orden en un mundo de contrastes

5. Oceanía: nuevos horizontes de la Hospitalidad

 

Capítulo VII. Exigencias misioneras actuales  para la vida de la Orden

1. La vocación del Hermano de San Juan de Dios vivida con espíritu misionero       

2. La animación misionera, un desafío para nuestras comunidades

3. La Carta de la Animación Misionera

4. Principios desde los que se quiere trabajar   

5. Nueva hospitalidad : nueva evangelización en clave juandediana 

 

Documentación y bibliografía   


 

Siglas y abreviaturas principales

 

AG AD  GENTES. Concilio Vaticano II

             Decreto sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas

AGFR Archivo Curia Generalizia Fatebenefratelli en Roma

AIP Archivo Interprovincial Pisas en Granada

Celam IV IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano

             Santo Domingo (12-28 de octubre de 1992) 

Const. Constituciones de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios

DS Carta de Juan de Dios a la Duquesa de Sessa

DV DEI  VERBUM Concilio Vaticano II

             Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación

EA Ecclesia in Africa

EE.GG. Estatutos Generales de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios

EN EVANGELII NUNTIANDI. Exhortación apostólica de Pablo VI

             La evangelización del mundo contemporáneo

GL Carta de Juan de Dios a Gutierre Lasso

GS GAUDIUM  ET  SPES. Concilio Vaticano II

             Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual

LB Carta de Juan de Dios a Luis Bautista

LG LUMEN  GENTIUM. Concilio Vaticano II

             Constitución Dogmática sobre la Iglesia

NA NOSTRA  AETATE. Concilio Vaticano II

             Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia

PC PERFECTAE  CARITATIS. Concilio Vaticano II

             Decreto sobre la renovación y adaptación de la vida religiosa

POE Presencia de la Orden en España. Madrid, 1986

RMi REDEMPTORIS MISSIO. Carta encíclica de Juan Pablo II

             Sobre la permanente validez del mandato misionero

CIAL.OH Secretariado Interprovincial de América Latina de la Orden Hospitalaria

SC SACROSANCTUM CONCILIUM. Concilio Vaticano II

             Constitución sobre la Sagrada Liturgia

SD SALVIFICI DOLORIS. Carta apostólica de Juan Pablo II

             El sufrimiento humano.

SELARE Secretariado Latinoamericano de la Renovación

VC VITA CONSECRATA Exhortación apostólica de Juan Pablo II

             La vida consagrada. Exhortación apostólica de Juan Pablo II

          Cartas de san Juan de Dios. La edición de las Cartas de san Juan de Dios utilizada es: Regla de San Agustín. Cartas de San Juan de Dios. Madrid, 1984. 



 

 

 

PRESENTACIÓN

 

 

La Dimensión misionera de la Orden Hospitalaria, documento que ahora llega a vuestras manos, es una reflexión que viene a llenar un vacío bibliográfico en la Orden.

 

Es el resultado de un largo proceso de elaboración, que resumo brevemente:

 

·      En la reunión de la Comisión General de Animación del 11 al 13 de marzo de 1992, se vio la necesidad de realizar un estudio sobre la “Dimensión Misionera de la Orden”. Sin llegar a definir el título, se precisó que el documento debía referirse al pasado y al presente de la acción apostólica de la Orden en tierras de misión, al tiempo que debería trazar las líneas de futuro en este campo.

 

·      En la siguiente reunión, 16 al 18 de octubre del mismo año se vuelve a insistir en el tema y se sugiere que la celebración del V Centenario del nacimiento de San Juan de Dios era una buena oportunidad para ofrecer a la Orden un documento que reavivase el sentido apostólico en los Hermanos y Colaboradores.

 

·      La Comisión General de Animación, en la reunión del 26 y 27 de mayo de 1993, recibió un  esquema  de lo que se pensaba que fueran las puntos fundamentales del documento para que lo estudiara y, si se creía oportuno, lo aprobara. Con algunas modificaciones, el esquema fue aprobado por la Comisión General de Animación.

 

·      Se nombró una Comisión, formada por los Hermanos. Pascual Piles, entonces primer Consejero General, Jesús A. Labarta, Maestro de Novicios de África, Jesús Etayo y Ubaldo Feito, que se distribuyeron el trabajo a realizar, contando con la colaboración de otros Hermanos de la Orden.

 

·      La Comisión General de Animación, en la reunión del 18 al 20 de mayo de 1994, insistió en la oportunidad de publicar el documento durante el V Centenario del nacimiento de San Juan de Dios.

 

·      A pesar de los esfuerzos realizados por la Comisión para realizar el servicio que se le había encomendado, en el Capítulo General de 1994 se manifestó la imposibilidad de finalizar el documento en el tiempo previsto.

 

·      En el Programa de Gobierno para el sexenio 1994-2000 se incluyó finalizar y publicar el documento en el curso 1996-1997, contando con los mismos Hermanos que componían la Comisión antes del Capítulo, incluido el Hno. General.

 

·      La Comisión General de Animación, reunida los días 26-27 de junio de 1996, pensó que un momento adecuado para presentar el documento sería la Asamblea General a celebrarse en octubre de 1997.


·      Después del trabajo de elaboración y redacción, realizado por cada miembro de la Comisión y posteriormente contrastado para evitar inútiles repeticiones, finalmente, en la reunión del 5-6 de junio de 1997, se presentó a la Comisión General de Animación el documento que ahora se entrega a las Provincia de la Orden.

 

Consideramos que hemos realizado el servicio que la Orden requería. En el documento, además de tener en cuenta la esencia de la misión de la Iglesia, la evangelización, y las aportaciones de la vida consagrada a la misma, nos hemos detenido especialmente en el análisis histórico de la acción apostólico-misionera de la Orden y en la obra evangelizadora que actualmente realizan nuestros Hermanos, deteniéndonos particularmente en los países en vías de desarrollo, valorando y agradeciendo su testimonio. Teniendo en cuenta la sugerencia de la Comisión General de Animación en la lejana reunión de marzo de 1992, se tiene en cuenta también la proyección de futuro de la dimensión apostólico-misionera de la Orden.

 

Me siento gozoso de poder ofrecer a la Orden esta reflexión, seguro de que ha de contribuir al crecimiento espiritual y apostólico de los Hermanos y de los Colaboradores.

 

 

 

Fra Pascual Piles, OH

Superior General

 

Roma, 12 de octubre de 1997.

 


 

 

 

 

 

 

            INTRODUCCIÓN

 

La dimensión misionera ha constituido una de las características fundamentales de nuestra Orden en el ejercicio de su apostolado a lo largo de su historia. Ese espíritu misionero sigue vivo como un signo más de que la misericordia de Dios desea llegar a todos los hombres por medio de la caridad cristiana, al estilo de San Juan de Dios y de otros tantos santos, hombres y mujeres, de ayer, hoy y mañana que, sintiendo el amor de Dios en sí mismos, se decidieron a transmitirlo a los demás.

 

El documento se divide en cuatro partes. La primera, dividida en dos capítulos, lleva como título Nuestra misión en la Iglesia: anunciar el Evangelio de la misericordia. El primer capítulo se refiere a la dimensión evangelizadora de la Iglesia, a partir del nuevo sentido de la vida del hombre inaugurado en Jesús de Nazaret, que antes de subir al cielo encomendó a sus discípulos continuar en el mundo la obra de la salvación. De ellos heredó la comunidad eclesial, inaugurada en Pentecostés, la misión de testimoniar y anunciar el Evangelio como la tarea más importante a realizar en el mundo. Recordamos especialmente la dimensión misionera de la Iglesia a partir del Vaticano II, y la dimensión evangelizadora como esencia y sentido de la Vida Consagrada.

 

El segundo capítulo se refiere a la figura de nuestro Fundador que, transformado y cautivado por el amor misericordioso de Dios, siente la urgente necesidad de comunicarla a los enfermos y necesitados con unos gestos que se convierten en signos proféticos y evangelizadores. En Juan de Dios tiene origen nuestra Familia religiosa; con él y en él participamos de la misión universal de la Iglesia.

 

La segunda parte, Elegidos para evangelizar a los pobres y enfermos, refiere la trayectoria histórica de la Orden desde los orígenes hasta finales del siglo XIX. A la luz de los dos capítulos que integran esta parte se puede apreciar el impulso apostólico y misionero que animó y alentó a nuestros Hermanos en la difusión de la Orden, a veces con la ofrenda cruenta de su vida, capítulo tercero, y cómo supieron recuperar el sentido una vez superada la crisis que vivió la Iglesia y, en consecuencia la Orden, durante gran parte de la segunda mitad del llamado Siglo de las luces, capítulo cuarto.

 

Los dos capítulos que compone la tercera parte, Comprometidos en la Hospitalidad, ofrecen una visión de conjunto sobre los medios de que la Orden dispone y ofrece para mantener vivo el espíritu apostólico de los Hermanos y apoyar estructural y económicamente su misión en el mundo de la salud. Se hace referencia a la doctrina de documentos oficiales de la Orden, Constituciones y Cartas circulares de algunos Superiores Generales, y se da especial importancia al testimonio escrito de Hermanos que se han distinguido por su vida, San Ricardo Pampuri, o por su servicio a la Hospitalidad en la misión “ad gentes”, capítulo quinto, ofreciendo en el sexto una breve descripción de los organismos de la Orden al servicio de la evangelización.

 

En la cuarta parte, El hoy de la Hospitalidad, se ofrece una visión de cómo la fuerza del carisma de la Orden vivido por nuestros Hermanos, ha sido capaz de realizar una segunda difusión de la Hospitalidad durante el presente siglo; merced a ella la Orden hoy  hace presente el Evangelio de la misericordia en los cinco continentes, capítulo séptimo, superando las graves dificultades sociales y políticas que ha vivido la sociedad.

 

El último capítulo trata de las exigencias misioneras actuales para la Orden, y cómo la vocación del Hermano de San Juan de Dios debe ser vivida con espíritu apostólico-misionero en nuestras comunidades para realizar y transmitir la nueva hospitalidad, expresión juandediana de la nueva evangelización.

 

Va dirigido a  todos los que hoy trabajamos en la Orden para hacer realidad la nueva hospitalidad, Hermanos y Colaboradores, y a las futuras generaciones de Hospitalarios, a los que ofrecemos toda la riqueza espiritual que la Orden ha ido acumulando con su dimensión apostólico-misionera, en fidelidad al Espíritu, a la Iglesia, a San Juan de Dios y al hombre que sufre, para que también ellos se sientan animados a continuar anunciando y extendiendo el mensaje de Cristo por el mundo.

 

Con esta reflexión recordamos a cuantos Hermanos nos precedieron en la evangelización, muy especialmente, a los que se entregaron y siguen dedicados a la misión “ad gentes”. Es una sencilla aportación que espera ser completada. Si cada Provincia realiza el esfuerzo de adentrarse en la propia historia para recabar de ella el testimonio de la vida de los Hermanos que han hecho posible la realidad actual, las próximas generaciones, además de admirar el entusiasmo y sacrificio que los animó en su acción apostólica, encontrarán motivaciones que las estimulen a vivir y manifestar con renovado vigor el carisma que hemos heredado de Juan de Dios.

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I. PARTE

 

 

NUESTRA MISIÓN EN LA IGLESIA:

 

ANUNCIAR Y HACER PRESENTE EL EVANGELIO DE LA MISERICORDIA



 

 

 

 

Capítulo primero

 

DIMENSIÓN EVANGELIZADORA DE LA IGLESIA

 

 

1. Jesús de Nazaret. Sentido de la vida del hombre

 

La dimensión evangelizadora de la Iglesia consiste en transmitir la salvación de Jesús, que vino para hacernos partícipes del designio amoroso de Dios Padre sobre los hombres desde la creación.

 

El Padre nos creó por amor y bondad, para compartir con nosotros su naturaleza divina: “En el principio, Dios creó el cielo y la tierra” (Gn 1,1); y “Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios los creó” (Gn 1, 27). Lo creó todo por el Verbo Eterno, su Hijo amado: “En él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra ... todo fue creado por él y para él”. (Col 1,16-17)

 

Dios deseó, desde siempre, hacernos “hijos adoptivos, por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1,5-6); “procurando al mismo tiempo su gloria y nuestra felicidad”. (AG 2)

 

Por Jesús sabemos que el Padre se manifiesta en el Hijo y los dos en el Espíritu Santo. En este amor trinitario tiene origen la creación del hombre como “única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma” (GS 24), pues sólo el hombre está llamado a participar de la vida de Dios. Para este fin fuimos creados y esta es la razón fundamental de nuestra existencia.

 

La humanidad, a causa de sus limitaciones, empezó a moverse en un mundo ambiguo de sentimientos hacia Dios. Recordemos la historia de Israel, prototipo de las contradicciones vividas por el hombre. El pueblo elegido vivía el amor y la fe, alternando con momentos de infidelidad e idolatría.

 

En esta ambigüedad nos hemos movido los hombres desde siempre, haciéndonos las preguntas sobre los enigmas de la vida, a  las que han intentado responder, sin éxito, todas las corrientes de pensamiento. Los grandes interrogantes sobre el sentido de la vida, del dolor y de la muerte  pueden inducir a dudar del amor misericordioso del Padre, manifestado en la creación.

 

Dios, por medio de la Alianza,  mantuvo la relación con sus criaturas y fue progresivamente manifestando su amor y su bondad, hasta que finalmente se nos reveló en su Hijo Jesucristo: “De muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo”. (Hb 1, 1-2)

 


Jesús, enviado por el Padre con la fuerza del Espíritu, se convierte para nosotros en camino de liberación y salvación, dando sentido pleno y definitivo a la humanidad, porque “Dios quiere que todos los hombres se salven” (1 Tim 2,4), pues vino para cumplir el plan de salvación anunciado por los profetas.

Toda la vida y actuación de Jesús se fundamenta en esta misión, como aparece en el evangelio de san Juan: “El Padre mismo que me ha enviado, es quien me mandó lo que he de decir y hablar”. (Jn 12, 49; RMi 5)

 

Jesús es el único camino que nos reconduce a Dios. Su misión se concreta en organizar todo según los designios de la creación. El es la revelación máxima del amor del Padre: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie se acerca al Padre, sino por mí; si me conocéis a mí conoceréis también a mi Padre”. (Jn 14,6-9) Jesús proclama la buena noticia de Dios que nos invita a reconocerlo como Padre y a  orientar nuestra vida hacia El cumpliendo su voluntad.

 

La Constitución conciliar sobre la Divina Revelación nos recuerda que “Jesucristo con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con testimonio divino, a saber, que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y para hacernos resucitar a una vida eterna”. (DV 4)

 

Entrar en comunión con Dios por Jesús y bajo la acción del Espíritu, significa ir construyendo una nueva sociedad en fraternidad y solidaridad, favoreciendo especialmente al débil y marginado al estilo de Jesús, como anticipo del Reino de Dios; proclamar que Dios es Padre de todos y, por tanto, que todos los hombres somos hermanos y estamos llamados a caminar unidos hacia el mismo destino y a construir un mundo que alcanzará su culminación cuando Dios sea todo en todas las cosas, representa un profundo cambio en las relaciones humanas.

 

 

2. Experiencia de fe y anuncio del mensaje de salvación

 

Jesús, después de presentarse como enviado del Padre, se rodeó de seguidores, al estilo  de los antiguos maestros que reunían a sus discípulos, para compartir con ellos su palabra y su vida.

 

En momentos sucesivos eligió apóstoles y discípulos (cf Lc 5, 10-11; 10, 1; Mc 3, 14). Así va formándose en torno a Jesús la primitiva comunidad cristiana que originará la Iglesia de Cristo. Además de los mencionados en los evangelios, otros muchos escucharon su palabra y empezaron a vivir una fe que les fue transformando radicalmente.

 

A partir de la experiencia pascual surge la Iglesia. Una realidad nueva formada por Jesús y sus discípulos, expresión del designio de Dios sobre el mundo. Después de la Resurrección, el Señor envía a los Apóstoles a comunicar la experiencia que han vivido: “Id por todo el mundo y proclamad el evangelio a toda criatura”. (Mc 16,15; cf Mt 28, 19; Jn 20,21)

 

 El día de Pentecostés recibieron el Espíritu Santo y  comenzaron a anunciar a Aquel que había llenado su vida de esperanza y alegría. Con la fuerza del Espíritu Santo, la primitiva comunidad empezó a proclamar y difundir el mensaje de salvación por todo el mundo: “Cristo envió de parte del Padre al Espíritu Santo, para que llevara a cabo interiormente su obra salvífica e impulsara a la Iglesia a extenderse a sí misma”. (AG 4)

La Iglesia ha encontrado siempre en este primer grupo de discípulos de Jesús el modelo de referencia para la  comunidad cristiana y para su misión en el mundo: “Compartían asiduamente la enseñanza de los Apóstoles, la comunión de los bienes, la fracción del pan, las oraciones” (He 2,42), porque “Tenían un solo corazón y una sola alma”. (He 4,32)

 

Luego aparecieron comunidades en Samaria, Cesarea, Siria, Asia Menor y  Europa. Es fácil adivinar que no hubieran podido subsistir sin una fuerte vivencia comunitaria, y no hubieran podido expandirse sin un convencido sentido misionero.

 

Destaca la fundación de la iglesia de Antioquía (cf He 11,19-30), modelo de actividad misionera. Sus fundadores procedían de la comunidad de Jerusalén. Llegados a Antioquía, movidos por el Espíritu decidieron dedicarse a la evangelización, haciendo de la misión un estilo de vida enraizada en la fe. Comienza, así, la labor misionera de la Iglesia hasta nuestros días.

 

 

3. Compromiso de la Iglesia en la evangelización

 

La evangelización es para la Iglesia la expresión de la comunión con Cristo: “ (...) la actividad misionera brota íntimamente de la naturaleza misma de la Iglesia, cuya fe salvífica propaga, cuya unidad católica perfecciona al dilatarla, sobre cuya apostolicidad se sustenta, cuyo sentido colegial de la Jerarquía ejercita, cuya santidad testifica, difunde y promueve.”. (AG 6)

 

A lo largo de su historia, la Iglesia ha manifestado su identidad en la tarea evangelizadora : “Nosotros queremos confirmar, una vez más, que la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia”; una tarea y misión que los cambios amplios y profundos de la sociedad actual hacen cada vez más urgentes. Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar”. (EN 14)

 

El mensaje evangélico ha llegado a innumerables lugares del mundo, pero se constata que el número de los evangelizados representa actualmente sólo una tercera parte de la humanidad: “Mientras se aproxima el final del segundo milenio de la redención, es  cada  vez más evidente que las gentes que todavía no han recibido el primer anuncio de Cristo son la mayoría de la humanidad.” (RMi 40)

 

Un aspecto significativo son los movimientos alternantes de expansión y retroceso en la acción evangelizadora (cf AG 6).Las épocas de expansión de la Iglesia coincidieron con los tiempos de los descubrimientos y conquistas, originando la denominada “era de la cristiandad”, que comenzó con la caída del Imperio romano y las posteriores conversiones de los pueblos de Europa. El “descubrimiento” de América, y las misiones en Asia y África marcaron momentos importantes en la historia de la evangelización.

 

La Iglesia ha tenido que superar numerosos obstáculos en el ejercicio de su misión. Entre ellos destacan: las resistencias de muchas culturas para aceptar la fe, la oposición de sistemas políticos, los efectos derivados de una deficiente inculturación, la difícil convivencia con otras religiones, las persecuciones antirreligiosas, etc. Estos obstáculos  se han superado con el convencimiento y la fortaleza que el Espíritu Santo otorga a la Iglesia. Algunos de ellos han producido momentos de profunda revitalización y testimonio martirial.

 

En los últimos tiempos han aparecido otras dificultades que están influyendo en nuestros días y que han ido conformando una cultura que desvirtúa el designio de Dios sobre el mundo.

 

La sociedad entera ha vivido un cambio muy profundo y la Iglesia, en razón de su propia misión, ha tenido  que replantearse su posición ante las nuevas situaciones. En este contexto surge el Concilio Vaticano II para orientar  la labor de la evangelización.

 

El Concilio ilumina la eclesiología de la misión desde un sentido cristocéntrico de encarnación como punto de referencia fundamental, al cual en todo momento debemos acudir: “La misión, pues, de la Iglesia se cumple por aquella operación por la que, obedeciendo al mandato de Cristo y movida por la gracia y la caridad del Espíritu Santo, se hace presente a todos los hombres y pueblos, para llevarlos, por el ejemplo de su vida y la predicación, los sacramentos y los demás medios de gracia, a la fe, la libertad y la paz de Cristo, de forma que se les abra un camino libre y firme para participar plenamente en el misterio de Cristo”. (AG 5)

 

La Iglesia no niega los elementos de verdad que existen en el mundo y en otras creencias (cf NA 2), pero afirma que “Es necesaria para la salvación. Porque solamente Cristo es el mediador y el camino de salvación”. (LG 14) Todo esto debe ser aplicado en sentido amplio y desde el designio salvífico de Dios en la creación.

 

Finalizado el Concilio y cuando la teología de la misión parecía más adaptada para responder a las necesidades que el mundo planteaba, han surgido dentro de la Iglesia algunas tendencias que han afectado, incluso, a los contenidos de la enseñanza conciliar. Los fenómenos relacionados con la liberación, la teología política, la salvación de los no cristianos, la promoción de la justicia y de la paz, y las distintas formas de testimonio y cooperación misionera, han sido vividos con enfoques distintos en la interpretación posconciliar.

 

Las distintas líneas de pensamiento sobre la interpretación de estos temas hicieron progresar los diversos aspectos pastorales de la misión, a veces con estilos y experiencias variadas, para conseguir la finalidad de la misma.

 

La exhortación apostólica Evangelii nuntiandi y la encíclica Redemptoris missio han venido a armonizar los distintos aspectos de la misión, superando las interpretaciones que tuvieron lugar en la etapa posconcilar.

 

 

4. La fuerza evangelizadora y pastoral del Concilio Vaticano II

 

El Concilio Vaticano II no fue, exclusivamente, una original iniciativa de Juan XXIII; más bien se puede considerar como el resultado de una situación que se estaba viviendo desde cien años antes. La Iglesia quería defender su postura ante los profundos y acelerados cambios que se estaban produciendo en el mundo como resultado de la filosofía moderna, pero no podía afrontar estos nuevos retos apoyando su misión en categorías del pasado.

 

Había que buscar nuevas soluciones,  porque la Iglesia necesitaba anunciar con claridad la esencia de su propio ser y actuar en el mundo como sacramento y misión, para testimoniar el amor de Dios revelado en Jesucristo. Esta concepción sería la aportación más relevante del Vaticano II, de donde partirá toda su fuerza evangelizadora y pastoral.

 

Muchas fueron las novedades que trajo consigo el Concilio. Reseñamos las que han tenido mayor repercusión.

 

 

a) La relación de la Iglesia con el mundo

 

El Concilio propone una nueva forma de relación entre la Iglesia y el mundo, basada en una oferta de fe y no en el dominio de lo religioso sobre el ámbito secular. Este nuevo estilo vivido desde la libertad y el convencimiento personal, facilita a los creyentes su presencia en el mundo, con el objeto de ir construyendo el Pueblo de Dios desde la fe y la caridad. Reconoce todo lo positivo que la modernidad aporta a la dignidad humana y, por tanto, a las relaciones con Dios, promoviendo los valores de una sociedad justa y solidaria, iluminados desde la Revelación.

 

Asimismo, el Concilio supera la perspectiva individualista de pertenencia al Pueblo de Dios al declarar a la Iglesia como sacramento de Cristo y comunión en la fe, lo que origina una concepción de la misma como sacramento de comunión, que queda reflejada en todos los documentos conciliares, especialmente en Lumen gentium y Gaudium et spes.

 

 

b) Iglesia, comunión y misión

 

El Concilio relaciona paralelamente el misterio de la Iglesia comunión con el de la Iglesia-misión. La misión manifiesta y realiza la comunión y, a su vez, ésta es el origen y el horizonte de la misión.

 

Esta misión se enraíza en el misterio de la comunión con Dios y, al estilo de Jesús, consiste en anunciar y construir el Reino con obras y palabras, que es el objetivo de la evangelización.

 

La definición de la Iglesia como sacramento de salvación representa una nueva categoría en la que convergen la comunión eclesial y la misión hacia el mundo.

 

 

c) La reforma litúrgica

 

Fue una de las innovaciones del Concilio de mayor repercusión pastoral. Supone para los creyentes superar actitudes religiosas de talante individualista porque, como miembros del Pueblo de Dios, celebran la fe de manera comunitaria.

 

El uso de las lenguas vernáculas facilita la comprensión de los signos y su proyección en el compromiso de la realidad cotidiana. La liturgia, compartida en el seno de la comunidad, debe revitalizar e interpretar esos signos a la luz de la vida.

 

 

d) Otros temas que influyeron en el dinamismo pastoral y evangelizador del Concilio son: lo relacionado al sacerdocio común de los fieles; el reconocimiento de  la importancia de los laicos y sus carismas en la consagración del mundo; la relación con los no cristianos y con los no creyentes; la colegialidad episcopal; la restauración del diaconado permanente; el concepto de Iglesia que camina hacia la plenitud de la verdad y la declaración de libertad religiosa. Sobre la Virgen María, se desarrolla toda una doctrina que la sitúa en el mismo ser de la Iglesia y como mediadora en la obra redentora de Cristo.

 

 

e) Sobre la actividad misionera el Concilio expresa su doctrina en el decreto Ad gentes, aportando las líneas de acción  de la tarea evangelizadora, en base a los siguientes contenidos de las Constituciones conciliares:

 

·      La Iglesia como “sacramento de salvación” y motivos para la evangelización universal (cf LG 48).

·      La Iglesia que custodia y transmite la Revelación de Dios a toda la humanidad (cf DV 1).

·      La reforma litúrgica como un impulso eficaz a la evangelización (cf SC 2).

·      La solidaridad de la Iglesia con el género humano y su historia, por lo que es urgente la misión universal (cf GS 1).

 

El decreto Ad gentes supuso el inicio de varios planteamientos y aportaciones que nos han ayudado a profundizar en la evangelización hasta nuestros días.

 

 

 5     Exigencias evangelizadoras presentadas por el Magisterio:

       Evangelii nuntiandi y Redemptoris missio

 

A) Evangelii nuntiandi 

 

La exhortación apostólica Evangelii nuntiandi de Pablo VI fue publicada el 8 de diciembre de 1.975, a los diez años de la clausura del Concilio Vaticano II.

 

Su objetivo fundamental, enunciado en el mismo título, es “la evangelización del mundo contemporáneo”, para “hacer a la Iglesia del siglo XX más apta todavía para anunciar el evangelio a la humanidad de este siglo” (EN 2), siguiendo la línea del Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia (Ad gentes) y recogiendo el contenido sobre la evangelización del Sínodo de Obispos de 1.974.

 

La gran aportación de la Evangelii nuntiandi consiste en la ampliación del término “evangelización”. La misma exhortación lo expresa muy gráficamente: “¡A todo el mundo! ¡A toda criatura! ¡Hasta los confines de la tierra!... como una llamada a no encadenar el anuncio evangélico limitándolo a un sector de la humanidad o a una clase de hombres o a un solo tipo de cultura”. (EN 50)

 

La evangelización va dirigida al mundo moderno en su totalidad. Aparecen aspectos referidos a la justicia, al desarrollo, a la promoción humana, a la liberación y la paz que deben ser iluminados y promovidos por la Iglesia: “Las condiciones de la sociedad nos obligan, por tanto, a revisar métodos, a buscar por todos los medios, el modo de llevar al hombre moderno el mensaje cristiano, en el cual únicamente podrá hallar la respuesta a sus interrogantes y la fuerza para su empeño de solidaridad humana”. (EN 3) En este sentido añade nuevos elementos sobre los enunciados en el decreto Ad gentes, universalizando el campo de la evangelización.

 

Entre otros aspectos significativos, destacamos los siguientes:

 

·      La Iglesia necesita constantemente evangelizarse a sí misma mediante la conversión y la renovación que le ayuden a conservar su impulso y fuerza para anunciar el evangelio.

·      La evangelización se presenta como una realidad rica, compleja y dinámica que engloba todos los elementos señalados en las Constituciones conciliares y en el decreto Ad gentes, y que deben ser abordados globalmente.

·      El medio más eficaz para la evangelización es el testimonio coherente de una vida auténticamente cristiana.

·      Entre los destinatarios de la misión se encuentran los que todavía no conocen a Cristo, los bautizados que viven descristianizados, y aquellos que profesan otras religiones, aunque posean elementos de salvación.

·      El acto de evangelizar reviste un carácter profundamente eclesial, porque se hace en unión con la misión de la Iglesia y en su nombre.

·      Los agentes de la evangelización son todos los miembros de la Iglesia.

·      La Vida Consagrada asume una función primordial en la evangelización, porque con la donación total a Dios y al servicio del Reino interpela al mundo y a la misma Iglesia.

·      Se presenta una nueva visión de la espiritualidad misionera basada en el testimonio de la unidad, la búsqueda de la verdad y el fervor de los grandes evangelizadores.

 

La Evangelii nuntiandi ha sido, sin duda, uno de los documentos de mayor repercusión del magisterio postconciliar. Ha supuesto un gran impulso a la evangelización, a la Iglesia en general y a nuestra Orden. Sus enseñanzas nos han ayudado a orientar nuestra respuesta evangelizadora en todo momento.

 

 

B) Redemptoris missio

 

La Carta encíclica Redemptoris missio de Juan Pablo II fue publicada el 7 de diciembre de 1.990, a los veinticinco años del Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia (Ad gentes).

 

Es la primera encíclica específicamente misionera después del Concilio, profundizando y concretando la enseñanza sobre la evangelización recogida en la Evangelii nuntiandi.

 

Nos recuerda la “misión del Redentor” y la “permanente validez del mandato misionero” como llamada urgente a la evangelización universal, con renovado impulso y nuevo entusiasmo. Presenta una visión dinámica de los valores del Concilio y de las posiciones de la Iglesia en la actualidad: “Pero lo que más me mueve a proclamar la urgencia de la evangelización universal es que ésta constituye el primer servicio que la Iglesia puede prestar a cada hombre y a la humanidad entera en el mundo actual, el cual está conociendo grandes conquistas, pero parece haber perdido el sentido de las realidades últimas y de la misma existencia”. (RMi 2)

 

Entre otros aspectos significativos, destacamos los siguientes:

 

·      Recoge la teología trinitaria del Vaticano II y la reflexión postconciliar sobre la misión, animándonos a profundizar en el estudio de los diversos aspectos de la misión.

Insiste en el compromiso por la promoción humana, el respeto a la libertad, el diálogo interreligioso y la  inculturación eclesial.

·      Recuerda el carácter misionero de la Iglesia en todas sus manifestaciones, valorando lo realizado desde que finalizó el Concilio.

·      Distingue tres situaciones en la actividad misionera de la Iglesia: dimensión Ad gentes, la atención pastoral a los creyentes y la evangelización del mundo descristianizado.

·      Define los distintos ámbitos de la misión Ad gentes: territoriales, fenómenos sociales nuevos, y áreas culturales o areópagos modernos.

·      Interrelación y complementariedad de las distintas actividades misioneras, porque los horizontes de la misión son ilimitados.

·      Compromiso misionero de las Iglesias jóvenes para alcanzar su madurez y la plena comunión con la Iglesia universal.

·      Insiste en el cultivo y la promoción de las vocaciones misioneras “ad vitam”.

·      Profundiza en la espiritualidad misionera como exigencia que asocia la misión con la vocación a la santidad.

 

La encíclica Redemptoris missio ha establecido las bases para la evangelización del tercer milenio. Vincula la reflexión teológica a la pastoral concreta con una clara proyección de futuro.

 

 

6. Respuestas misioneras de la Iglesia. La nueva evangelización

 

Las respuestas misioneras de la Iglesia son las formas con que la evangelización ilumina las necesidades de los hombres para hacerles llegar el mensaje de Dios revelado en Cristo; han estado condicionadas por la manera de entender la evangelización y su desarrollo ante los retos que el mundo plantea. Recordamos brevemente esta evolución:

 

·      El decreto Ad gentes interpreta la actividad misionera y la evangelización, preferentemente, como anuncio del evangelio e implantación de la Iglesia, y la distingue de la habitual acción pastoral con los fieles: “El fin propio de esta actividad misionera es la evangelización e implantación de la Iglesia en los pueblos o grupos humanos en los cuales todavía no está enraizada... Así, pues, la actividad misionera entre los gentiles difiere tanto de la actividad pastoral entre los fieles cuanto de los medios que hay que emplear para rehacer la unidad entre los cristianos”. (AG 6)

 

·      La Evangelii nuntiandi considera la evangelización desde una perspectiva muy amplia, como ya se ha recordado anteriormente. Desarrolla aspectos que se apuntaban en el decreto Ad gentes y afirma que es una actividad muy compleja que conlleva pluralidad de factores que trascienden al solo anuncio del evangelio que deben ser integrados en su totalidad: “La evangelización es un paso complejo con elementos variados: renovación de la humanidad, testimonio, anuncio explícito, adhesión del corazón, entrada en la comunidad, acogida de los signos, iniciativa del apostolado...”. (EN 24)

 

En el momento actual, Juan Pablo II centra toda la acción misionera de la Iglesia en la denominada “nueva evangelización”, expresión utilizada por primera vez en la Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Haití el 9 de Marzo de 1.983: “La conmemoración del medio milenio de evangelización tendrá su significado pleno si es un compromiso vuestro como Obispos junto con vuestro presbiterio y fieles; compromiso no de evangelización, pero sí de una nueva evangelización. Nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión.”

 

El documento de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano  (Celam IV. Santo Domingo, 1.992)  recoge las ideas fundamentales sobre la “nueva evangelización”:

 

·      la define (Celam IV 24; cf VC 81),

·      indica quién es el destinatario ( ibídem. 25; Cf VC 79.80), la finalidad (Ibídem. 26; RMi 33) y el contenido (Ibídem 27).

 

     “Esta evangelización tendrá fuerza renovadora en la fidelidad a la Palabra de Dios, su lugar de acogida en la comunidad eclesial, su aliento creador en el Espíritu Santo, que crea en la unidad y en la diversidad, alimenta la riqueza carismática y ministerial y se proyecta al mundo mediante el compromiso misionero.”. (Celam IV 27)

 

La “nueva evangelización” se ha convertido en la consigna preferente de Juan Pablo II. Después de ser proclamada por primera vez en América Latina, se ha aplicado a Europa y a los países cristianizados inmersos en procesos de secularización.

 

En varias ocasiones, el mismo Papa ha animado a la Iglesia a una reflexión continua sobre los aspectos que entraña este nuevo desafío pastoral, para aclarar sus contenidos y buscar las fórmulas más adecuadas para llevarlo a efecto, insistiendo en que debe ser: “ nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión.”

 

Indicamos los contenidos básicos de la nueva evangelización:

           

·      Expresión clara del mensaje evangélico que anuncia el designio salvífico de Dios manifestado en Jesús, como salvación integral del hombre.

·      Un estilo netamente testimonial en clave de radicalismo evangélico, como fruto de conversión personal y de un proceso de autoevangelización.

·      Opción por los pobres y los que sufren, como prioridad en cualquier planteamiento de nuestra vida.

·      Compromiso en el desarrollo humano, la justicia y la solidaridad que  promuevan la dignidad del hombre deseada por Dios.

·      Responsabilidad de todos los miembros de la Iglesia como agentes evangelizadores en los distintos sectores y ámbitos donde se encuentren.

·      Promoción del encuentro y diálogo entre cultura y fe, para responder a las profundas expectativas del hombre.

 

Al margen de la evolución en la reflexión teológica, la Iglesia siempre ha estado presente en todas las necesidades de los hombres para iluminarlas desde el evangelio. Está presente en la educación, en el mundo de la salud, en la acción social,  la familia, la infancia y juventud, la tercera edad, la marginación, los inmigrantes, los medios de comunicación social, el voluntariado. en los países en desarrollo atendiendo necesidades primarias, campos de refugiados, promoción de las Organizaciones no gubernamentales, etc.  Cualquier ámbito humano es adecuado para llevar a cabo la “nueva evangelización”.

 

 


7. La Vida Consagrada en el misterio y misión de la Iglesia

 

La vida consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo para su misión, ya que “indica la naturaleza íntima de la vocación cristiana”. (VC 3; cf AG 18)

 

Nuestro estilo de vida y la actividad apostólica al servicio del hombre han sido las dos aportaciones primordiales a la evangelización: “También ellos, como los Apóstoles, han dejado todo para estar con El, al servicio de Dios y de los hermanos. De este modo han contribuido a manifestar el misterio y la misión de la Iglesia con los múltiples carismas de vida espiritual y apostólica que les distribuía el Espíritu Santo, y por ello han cooperado  también a renovar la sociedad.” (VC 1)

 

Recordamos algunas características que relacionan la Vida Consagrada con la misión universal de la Iglesia.

 

·      La Vida Consagrada es un don de Dios concedido a su Iglesia  (cf LG 43; VC 3).

·      Está inspirada por el Espíritu Santo (cf PC 1; VC 5, 19).

·      Se encuentra inmersa en lo más profundo de la Iglesia y expresa la misión salvífica de la misma (cf  LG 43. 44; VC 3.5.29).

·      Posibilita, con manifestaciones diversas, la labor apostólica universal (cf PC 1; VC 25, 72).

 

El consagrado/a es un testigo que anuncia el Reino de Dios, en donación permanente, gratuidad y esperanza. Desde la conversión continua, la vivencia de los consejos evangélicos y el servicio a la Iglesia establece una nueva relación entre Dios y el hombre, para ir realizando el proyecto de una humanidad salvada y reconciliada en Cristo:

 

     “Como expresión de la santidad de la Iglesia, se debe reconocer una excelencia objetiva a la vida consagrada, que refleja el mismo modo de vivir de Cristo. Precisamente por  esto, ella es una manifestación particularmente rica de los bienes evangélicos y una realización más completa del fin de la Iglesia que es la santificación de la humanidad”. (VC 32)

 

El anuncio del Evangelio es una prioridad de la vida consagrada y en ésta encontramos a muchos de sus agentes más representativos y carismáticos. Ha contribuido a la evangelización con las respuestas que  las familias religiosas han ido dando a los distintos retos históricos. En la vida y obra de los fundadores, y en su capacidad de interpretar los signos de los tiempos, encontramos su aportación más significativa según los distintos carismas.

 

En la actualidad cabe destacar el testimonio de vida de religiosos y religiosas en pro de la promoción de la dignidad humana, de la justicia y la paz en países como El Salvador, Argelia, Ruanda, Liberia, Sierra Leona, Zaire...En ocasiones, es un testimonio martirial, presente en todas las épocas, que constituye una de las formas más evidentes de la evangelización.

 

Nuestra Orden Hospitalaria nace del Evangelio de la misericordia, vivido en plenitud por Juan de Dios, su Fundador. “Nuestro carisma en la Iglesia, don del Espíritu que nos lleva a configurarnos con el Cristo compasivo y misericordioso del Evangelio” (Const. 1984, 2a), nos inserta en la misión de Jesús: somos enviados al mundo y “proclamamos la grandeza del amor de Dios y mostramos a los hombres que El sigue preocupándose de su vida y de sus necesidades.” (Const. 1984,  8).

 

Los Hermanos de San Juan de Dios asumimos la tarea evangelizadora como experiencia y anuncio de la fe en Jesús: “El mandato de anunciar el Evangelio a todas las gentes, que la Iglesia ha recibido de su Señor nos alcanza también a nosotros, como Hospitalarios. Conscientes de nuestra responsabilidad en la difusión de la Buena Nueva, mantenemos siempre vivo el espíritu misionero.” (Const. 1984, 48ab)

 

La historia de nuestra Orden está repleta del testimonio de muchos Hermanos que hicieron presente el mensaje liberador de Cristo a los pobres y marginados, mediante el ejercicio de un apostolado plenamente evangélico, para proclamar la misericordia de Dios hacia el enfermo y necesitado.

 

 

 


 

 

 

Capítulo segundo

 

 

JUAN DE DIOS

HERMANO-SIERVO PARA LA SALVACIÓN DE TODOS

 

 

1. Seducido por la misericordia de Dios

 

Juan de Dios se identificó íntimamente con Jesús de Nazaret en sus actitudes y gestos de misericordia y solidaridad con los pobres: se vació progresivamente de cuanto significaba egoísmo y tendencia a vivir un cristianismo cómodo, hizo una lectura de la situación de los pobres y enfermos de Granada en clave de fe y misericordia y, animado por la experiencia de Dios como Padre misericordioso imitó a Jesucristo en la entrega radical al servicio de los necesitados de su época para manifestarles el amor de Dios, hacerles partícipes de su misma experiencia y anunciarles la salvación (cf Const. 1984, 1).

 

Aunque el momento clave de su encuentro con Dios hay que situarlo en la ermita de los Mártires de Granada, al escuchar el sermón del Maestro Ávila en la fiesta de San Sebastián, la luz definitiva que iluminó el camino por el que el Espíritu le conducía a seguir en pobreza radical a Cristo pobre le inundó la vida durante su estancia en el Hospital Real de Granada. Al ver cómo eran  tratados sus compañeros, no pudo menos que exclamar:

 

          “¡Oh traidores enemigos de virtud! ¿porqué tratáis tan mal y con tanta crueldad a estos pobres miserables y hermanos míos, que están en esta casa de Dios en mi compañía? ¿No sería mejor que os compadeciésedes dellos y de sus trabajos, y los limpiásedes y diésedes de comer con más caridad y amor que lo hacéis; pues los Reyes Católicos dexaron para ello cumplidamente la renta que era menester?”.[i]

 

El Hospital Real fue como el noviciado donde el Espíritu le ayudó a soportar la humillación y el sufrimiento como experiencia de comunión con el Cristo humillado y ultrajado. La contemplación del misterio de la encarnación del Verbo, que se le mostraba transfigurado en el rostro de los pobres enfermos, sus compañeros, le ayudó a discernir cómo corresponder a su amor infinito:

 

          “Y viendo castigar los enfermos que estaban locos con él, decía: Iesu-Cristo me traiga a tiempo y me dé gracia para que yo tenga un hospital, donde pueda recoger los pobres desamparados y faltos de juicio, y servirles como yo deseo.”[ii]

 

Así consiguió Juan desentrañar el contenido de la inquietud que no le permitió continuar de pastor en Oropesa ni aceptar la invitación de su tío a quedarse en Montemor cuando a la vuelta de Viena fue a su pueblo natal en busca de familiares:

 

          “Señor tío, pues Dios fue servido de llevarse a mis padres, mi voluntad es de no quedar en esta tierra, sino de buscar a donde sirva a nuestro Señor fuera de mi natural, como mi padre lo hizo, y dello me dexó tan buen exemplo; y pues he sido tan malo y pecador, razón es que, pues el Señor me ha dado vida, que la que fuere la emplee en hacer penitencia y serville; que yo confío en mi señor Iesu-Cristo que me dará su gracia para que este deseo le ponga muy de veras en execución”.[iii]

 

          En el Hospital Real Juan Ciudad, recogió el fruto de la entrega generosa a la familia Almeida, durante su estancia en Ceuta; allí tuvo la respuesta a su confesión general y a su incesante súplica al Señor en Gibraltar, a la vuelta de Ceuta:

 

          “tengáis por bien de enseñarme el camino por donde tengo de entrar a serviros y ser para siempre vuestro esclavo, y dad ya paz y quietud a esta alma, en que halle lo que tanto desea y con tanta razón”.[iv]

Dios le mostró el camino y Juan se dispuso a realizarlo con todo el amor que el mismo Dios depositó en su corazón: nunca más abandonó este camino. Y consiguió la paz y quietud que anhelaba, porque descubrió el “tesoro” por el que podía consumir su vida: hacerse esclavo, cautivo, por sólo Jesucristo, dedicándose a amar y servir a sus hermanos y prójimos (cf 2 GL 7.8).

 

 

Francisco de Castro, su primer biógrafo, lo presenta embriagado por el vino de la caridad:

 

          “Era tanta y tan grande la caridad de que nuestro Señor había dotado a su siervo, y las obras tan peregrinas que della procedían, que algunos, juzgándolo con espíritu vano, lo tenían por pródigo y disipador, no entendiendo cómo le había el Señor metido en la bodega del vino, y allí ordenado con él su caridad, y de tal manera se había embriagado en su amor, que ninguna cosa negaba que por él se le pidiese”.[v]

 

2. Testigo de la Hospitalidad de Dios

 

El vivir de Juan a partir de su entrega definitiva al Señor consistió en dejarse invadir por la hospitalidad de Dios. La Hospitalidad, con mayúsculas, significó para él sentirse invadido de la acogida misericordiosa de Dios, de su benevolencia y perdón. Se sintió acogido “hospitalariamente” por Dios Padre, se sintió gozosamente hijo de Dios, y todo su esfuerzo consistió en manifestar la filiación viviendo como Jesús: en plena docilidad al querer del Padre, y en total dedicación a crear espacios y relaciones de fraternidad.

 

Comenzó su misión de servicio a los pobres y enfermos en Granada con la ayuda de Dios, sin un ducado en el bolsillo y la entrega incondicional de su existencia, sin medir esfuerzos ni restar horas al día y a la noche. La gente de Granada, al principio, pensó que se trataba de un modo extraño de “locura”. Poco a poco descubrieron que, realmente, se trataba de una auténtica “locura”: la locura que había revolucionado sus entrañas y movilizado su corazón, contagiado de la “locura de Amor” manifestada por Dios en su Hijo Jesús, que se hizo pobre para comunicarnos su riqueza, se hizo esclavo para devolvernos la libertad y entregó su vida en servicio de todos para que todos tuviéramos vida en El.

 

Juan de Dios fue un pobre desconcertante, en una época en la que la mendicidad era una “profesión” bastante socorrida. Desconcertó a los habitantes de Granada cuando él, que decidió seguir a Cristo pobre abandonando su pequeño negocio de librero y entregando lo poco que tenía a los pobres, se propuso organizar un lugar donde acoger, dar de comer y asistir a los pobres enfermos de Granada. Despertó curiosidad cuando una tarde-noche comenzó a gritar: “Hacéos bien, Hermanos, a vosotros mismos, dando limosna a los pobres”. Y le daban limosna, muchas limosnas. Con ellas pudo organizar un pequeño albergue, primero, luego un minúsculo hospital, más tarde adquirir un viejo convento para organizar lo que se ha considerado el primer hospital de Juan de Dios, en la Cuesta de Gomeles, en el que dice él mismo que recibían asistencia y ayuda más de 140 personas, entre enfermos, pobres y peregrinos.

 

En su hospital eran acogidos y servidos como hermanos los pobres y enfermos, las prostitutas decididas cambiar de vida, los bienhechores que le ayudaban a realizar el bien, los compañeros que deseaban vivir como él. Sin pretender crear “escuela”, el testimonio de la vida de Juan contagió a cuantos lo rodeaban, de manera que su Hospital se convirtió en un lugar en el que se vivía, se transmitía y se experimentaba la hospitalidad.

 

Aunque ponía en el hospital los mejores y mayores esfuerzos de su entrega caritativa, ninguna miseria dejaba indiferente el corazón de Juan. En el rostro de los pobres contemplaba el de su Señor y el corazón no le permitía pasar de largo sin intentar remediar sus necesidades. Él, tan pobre como el que más, sabía convencer a quienes podían colaborar en su apostolado. Escribe a la Duquesa de Sessa:

 

          “... el otro día, cuando estuve en Córdoba, encontré una casa con grandísima necesidad: vivían allí dos muchachas, con el padre y la madre enfermos en la cama, paralíticos hacía diez años; tan pobres y mal cuidados los vi, que me despedazaron el corazón... Me han escrito una carta y me han roto el corazón con lo que me dicen: yo estoy en tanta necesidad que el día que tengo que pagar a los que trabajan se quedan algunos sin comer... buena Duquesa, yo quiero, si Dios fuera servido, que ganéis vos esta limosna”. (1 DS 15-17).

 

Y a Gutierre Lasso:

 

          “...viendo padecer a tantos pobres, hermanos y prójimos míos, y con tantas necesidades, tanto corporales como espirituales, al no poder socorrerlos, quedo muy triste... (...) Hermano mío en Jesucristo, mucho descanso en escribiros, porque hago cuenta que estoy hablando con vos; y os doy parte de mis trabajos porque sé que lo sentís... Nuestro Señor Jesucristo os lo pague en el cielo por la buena obra que por Jesucristo y por los pobres y por mí hicisteis,” (2 GL 8.13).

 

 

3. Contagió el amor al prójimo

 

Juan de Dios se llamaba a sí mismo “el hermano de todos”. Es, probablemente, una de las mejores definiciones que se pueden dar de él, pues vivió y manifestó la fraternidad hacia los pobres y enfermos, los ricos venidos a menos, los soldados que se sentían en dificultad, las prostitutas y hacia los “señores” de Andalucía y Castilla que, con sus limosnas, le ayudaban a realizar su apostolado de caridad.

 

En los habitantes de Granada se fue realizando un cambio radical sobre la imagen de Juan de Dios. Así lo describe Castro:

 

          “porque la gente en común siempre juzgaba que era ramo de locura cuanto le veían hacer, hasta que después vieron bien aquel grano, enterrado y podrido, cuánto fruto y qué bueno vino a dar.”[vi]

 

Como aparece en el texto, poco a poco la gente cambió de criterio ante la coherencia de su vida, su entrega desinteresada, su constancia, su espíritu de sacrificio, su forma de pedir y la universalidad de su amor. Se puede afirmar que Granada entera pasó de la duda sobre su persona a la identificación total con Juan de Dios, mediante un proceso que podría ser como sigue:

 

 

·      La admiración. El primer sentimiento positivo respecto a su persona fue la sorpresa. “¿Es éste el mismo que vimos loco? Pues, ¡ cuánto ha cambiado!” Efectivamente, su vida demostraba el cambio que en él se había dado; más que cambio, se manifestó quién era verdaderamente Juan de Dios.

 

·      El reconocimiento. A la admiración siguió el reconocimiento: Juan de Dios empezó a ser querido por todos. Hacía lo que nadie hacía y en su casa se acogía a todo tipo de personas: enfermos, pobres, peregrinos, etc.. No era un loco, sino cuerdo, y muy cuerdo. Le amaban y bendecían los pobres, los poderosos, las autoridades civiles y eclesiásticas...

 

·      La colaboración. Con el reconocimiento vino la colaboración; la obra de Juan de Dios pasó a ser la obra de Granada entera, que llegó a sentirla como suya. El pueblo colaboraba en especies, en dinero, en entrega personal, en promoción de ayudas entre compañeros y amigos. Todos, gradualmente, se sintieron protagonistas del hospital del bendito Juan de Dios. Más que colaboración fue identificación con la obra de Juan.

 

·      La veneración. Juan no podía morir del todo. Su amor permanece vivo en cada calle y rincón de la ciudad del Darro. Su entierro constituyó una gran manifestación de cariño y veneración. Dice Castro:

 

          “A su cuerpo se le hizo el más sumptuoso y honrado enterramiento que jamás se hizo a príncipe, emperador, ni monarca de el mundo”.[vii]

 

El espíritu de Juan de Dios continuó vivo en sus Hermanos, que lo perpetuaron en Granada y extendieron su obra por los cinco continentes, de manera que Juan de Dios es no sólo un personaje histórico, sino que sigue vivo entre nosotros.

 

 

4. Los primeros compañeros

 

Juan de Dios fascinó a cuantos lo conocieron. Gracias a Francisco de Castro sabemos que durante algún tiempo él solo se ocupaba de todos los quehaceres de su obra, luego se le unieron voluntarios, enfermeros a sueldo, amigos que como Juan de Ávila, al que el Santo llama familiarmente Angulo, que le ayudaban y acompañaban en sus trabajos y viajes. Todos ellos  se sintieron contagiados por la integridad de su vida y la  capacidad que tenía para transmitir la exigencia cristiana de vivir la caridad y el servicio en favor de los pobres.

 

Los primeros Hermanos de Juan de Dios son también fruto de su gran caridad. Por una de sus cartas sabemos que el Santo tenía muy claro que su modo de vivir exigía unas actitudes personales que se debían manifestar en la entrega total a las cosas de Dios, en el desvelo por el cuidado de los pobres y en una integridad de vida, fundamentada en la gracia de Dios, en el cultivo de la oración y la práctica de los sacramentos (cf LB passim). A la hora de elegirlos, no se deja conducir por prejuicios ni deslumbrar por lo externo, pues tiene experiencia de que la misericordia de Dios es capaz de transformar el corazón del hombre que se deja seducir por su misericordia.

 

 Los primeros compañeros de Juan de Dios, en general, son personas alejadas de Dios, con vida más o menos desorientada, a los que su entrega, su palabra, su testimonio, animó a cambiar de actitudes y, sobre todo, los decidió a compartir con él la misión, dando origen a nueva familia religiosa.

 

La historia de Antón Martín y Pedro Velasco es bien conocida por todos. Está expuesta por testigos en el proceso de beatificación. Dos enemigos,  ya que Pedro había asesinado al hermano de Antón, por lo que éste se quería vengar. La caridad y el celo apostólico de Juan de Dios les transforma,, primero en verdaderos hermanos, luego en colaboradores de su obra y, por fin, en sus primeros compañeros.

 

A Simón de Ávila lo presenta la historia como un detractor de Juan de Dios; lo desacreditaba y seguía los pasos del santo en sus visitas a las viudas pobres y a las doncellas necesitadas.  La constancia en seguir los pasos de Juan, con la intención de desenmascarar lo que él sospechaba como falsa caridad, le conduce a adquirir un conocimiento de su vida que le transforma de detractor en gran admirador suyo. Movido por la gracia de Dios, se sintió atraído por su estilo de vida y entró a formar parte de sus compañeros.

 

Dominico Piola fue un comerciante que había adquirido grandes riquezas. El contacto con el santo fue también poco a poco transformando su vida; se fue identificando con él y pensó en dejar las cosas del mundo y unirse a él, imitando sus acciones. Antes de ingresar Juan de Dios le pidió que pusiera en orden sus negocios, viviendo posteriormente con grande edificación de cuantos le conocían.

 

 De la vida de Juan García sabemos pocas cosas antes de ser compañero de nuestro santo.  Animado por el testimonio de Juan de Dios se unió a él para trabajar en su hospital. Su gran caridad  e inclinación a servir a los enfermos le llevó a permanecer prácticamente siempre junto a ellos en el hospital..

 

 

5. Signos proféticos y evangelizadores de su vida

 

Es difícil resumir los rasgos del espíritu profético y evangelizador de la vida de Juan de Dios. A modo de síntesis, resaltamos los siguientes, sin pretender ser exhaustivos:

 

5.1. Íntima relación con Dios

 

Como resultado de la experiencia de sentirse amado misericordiosamente por el Padre, Juan desarrolló progresivamente la comunión con Dios, manifestada en una relación personal con El que le animó a vivir el amor como adhesión filial a su voluntad, en cuya aceptación pone de manifiesto que ha descubierto en Jesús, y de El lo ha aprendido, que para mantenerse en el amor del Padre hay que cumplir su voluntad. (Cfr. Jn 15, 9‑10; 14, 31)

 

Desde su conversión, Juan desarrolló las actitudes de fe, caridad y esperanza de manera tal, que su querer fue el querer de Dios.

 

 

5.2. La fe

 

La fe le condujo a aceptar en su vida la presencia salvífica de Dios con tal profundidad, que era El quien la conducía. El mismo sobrenombre “de Dios”, lo pone de manifiesto. Juan ya no se pertenece a sí mismo, sino a Dios. Ya no vive para sí, sino para Dios y su Reino.

 

Desde esta experiencia de la fe, entendida como aceptación voluntaria de la presencia y de la salvación de Dios en la propia existencia, Juan hizo suyas las actitudes que luego recomendará en sus cartas:

 

       “Dios delante sobre todas las cosas del mundo”. (Comienzo de las Cartas)

 

       “...todo ha de ser por Dios pasado... todo esto por amor de Dios; por todo habéis de dar muchas gracias a Dios”. (LB 9)

 

       “...porque todos los bienes que los hombres hacen no son suyos, sino de Dios. A Dios la honra, la gloria y la alabanza, que todo es suyo de Dios”. (1 GL, 11)

 

5.3. La caridad

 

Juan de Dios es el Santo de la Caridad. El amor a Dios y al prójimo es el móvil y la meta de su vida. La caridad, para él, es:

 

·      la manifestación de la comunión con Dios: “Tened siempre caridad, porque donde no hay caridad no hay Dios, aunque Dios en todo lugar está”. (LB 15)

·      “la madre de todas las virtudes”. (1 DS 16)

·      la prueba del amor a Jesucristo: “... se que amáis a Jesucristo y os compadecéis de sus hijos, los pobres”. (2 GL 10)

·      la garantía del perdón de los pecados: “...como el agua apaga el fuego, así la caridad borra el pecado”. (1 DS 13)

·      es el “alma” de la compasión y de la entrega a los demás: “Viendo padecer a tantos pobres, Hermanos y prójimos míos, y con tantas necesidades, tanto espirituales como corporales, al no poder socorrerlos, quedo muy triste”. (2 GL 8) “... me empeñé en tres ducados para socorrer a ciertos pobres muy necesitados”. 1 DS 3)

 

El amor a los demás llega a ser el “alma” que anima su vida: vive el cristianismo a imitación Jesucristo, amando siempre a los demás aunque su amor no sea correspondido. Llega a vivir el amor cristiano en su exigencia más desconcertante, el amor a los enemigos, en hacer el bien a “buenos y malos”. Francisco de Castro refiere un hecho precioso a este respecto. Personas bienintencionadas, sin duda, informaron al Arzobispo Guerrero de que  Juan de Dios recibía gente de mal vivir en su hospital que, según ellas, eran motivo de descrédito. El Arzobispo lo llamó y le invitó a no recibir a quienes no fueran “dignos”:

 

          “Ioan de Dios estuvo muy atento a cuanto el perlado le dixo, y con mucha humildad y mansedumbre le dixo: Padre mío y buen perlado, yo solo soy el malo y el incorregible y sin provecho, y que merezco ser echado de la casa de Dios; y los pobres que están en el hospital son buenos, y yo no conozco vicio en ninguno dellos; y pues Dios sufre a malos y buenos, y sobre todos tiende su sol cada día, no será razón echar a los desamparados y afligidos de su propia casa”[viii].

 

Por amor de Dios, soporta grandes afrentas con paciencia y las acepta como una forma de sufrir por Jesucristo y se identifica con él que, “al mal que le hacían, respondía con el bien” (cf LB 10). Sabe que donde no hay caridad no está Dios (cf LB 15) y lo expresa en sus cartas.

 

Profundamente sensible al dolor de los demás, se le deshace el corazón cuando encuentra a las personas en necesidad. Acoge a todo el mundo en casa, por lo cual se le tacha de demasiado generoso, Pero tiene claro que su sino es hacer presente la misericordia de Dios y ama sin fronteras. Con actitud evangélica y con auténtico sentido profético.

 

5.4. Esperanza

 

La expresa y vive de este modo:

 

          “Esperanza en sólo Jesucristo, que a cambio de los trabajos y enfermedades que por su amor pasáremos en esta vida miserable, nos dará la vida eterna, por lo méritos de su sagrada pasión y por su gran misericordia”. (3 DS 9)

 

Lo expresa muy bien cuando dice:

 

          ... hermano mío muy amado y querido en Cristo Jesús, ...muchas veces no salgo de casa por las deudas que debo ...mas empero confío en sólo Jesucristo, que El me desempeñará, pues El conoce mi corazón”. (2 GL 7.8; Cfr. 1 DS 6 b.; 2 DS 7. 20)

 

          ...yo estoy muy atribulado y con mucha necesidad: ¡Gracias a nuestro Señor Jesucristo por ello!. Porque... son tantos los pobres que aquí vienen, que yo mismo muchas veces quedo maravillado de cómo se pueden sustentar: pero Jesucristo lo provee todo y les da de comer”. ( 2 GL 3)

 

          ...y pues Jesucristo lo provee todo, a él sean dadas las gracias por siempre jamás. Amén Jesús”. (2 GL 9)

 

          ...terminada la jornada, hemos de dar gracias a nuestro Señor Jesucristo porque usa con nosotros de tanta misericordia”. (2 DS 18)

 

5.5. Solidaridad con los pobres y enfermos

 

Juan de Dios se entregó radicalmente al servicio de los enfermos y necesitados, a partir de un compromiso personal que le exigió la identificación con ellos: se “vacía de sí mismo”, para situarse al nivel de sus “hermanos y prójimos”, y así poder entrar en un diálogo de amor con ellos; diálogo que se explicita en el servicio y la entrega de su vida para remediar sus necesidades.

 

Pocas cosas advertimos con más fuerza en su vida: no sólo sirve a los pobres, sino que hace suya la vida y la suerte de los pobres a quienes sirve. Lo expresa con mucha claridad escribiendo a Gutierre Lasso:

 

          La presente es para haceros saber que me encuentro muy atribulado y con mucha necesidad:...lleno de deudas y entrampado, sólo por Jesucristo, ya que debo más de dos­cien­tos ducados... Es tal la situación en que me encuentro que muchas veces no me atrevo a salir de casa por las deudas que tengo... Os doy cuenta de mis trabajos porque sé que los sentís como yo sentiría los vuestros. Y como sé que amáis a Jesucristo y os compadecéis de sus hijos, los pobres, por eso os pongo al corriente de sus necesidades y de las mías”. (2 GL 1.7.8.10)

 

Desde esta identificación profunda, que le hace sentirse pobre y necesitado; desde el “vaciamiento” personal, Juan de Dios puede ofrecer su servicio y remediar las necesidades de los pobres sin herir su “dignidad”, ni caer en actitudes “paternalistas”. De este modo puede comprender perfectamente la situación de cada persona. El, como Cristo, vive la actitud de compasión que nace del amor: sufre con quien sufre, espera con quien no tiene...

 

5.6. La oración

 

Juan de Dios, visto desde fuera, aparece como un hombre eminentemente activo Sin embargo, la Iglesia, en la bula de canonización, lo propone como modelo de caridad y de profunda oración. En su biografía aparece con claridad este rasgo de su talante cristiano: ha sabido conjugar perfectamente el verbo amar en su doble orientación, Dios y el prójimo, consiguiendo la armonía de existencia que comunica el amor. Su entrega de caridad se renueva y consigue su fuerza  en el contacto con Dios, que se realiza no sólo en los momentos de oración,  muchos por cierto, sino en la entrega caritativa a los demás, pues  consiguió realizar una lectura en fe de la vida, del sufrimiento, de la pobreza, de todo.

 

Su estilo de oración es muy sencillo, conforme al de cualquier creyente de su tiempo:  reza las oraciones que manda la Santa Madre Iglesia; medita y contempla la pasión de Cristo, especialmente los viernes; le va muy bien con el rosario; participa en la celebración de la Eucaristía; se confiesa a menudo; acude con frecuencia al director espiritual; encomienda las cosas al Señor, dispuesto a cumplir siempre su voluntad, se fía totalmente de Jesucristo, le da gracias constantes por su gran misericordia y por su amor y bondad hace el bien y la caridad a los pobres y enfermos (cf 2 DS 18.19).

 

Se puede afirmar, sin dudar en absoluto, que Juan de Dios es un orante, un profeta que  capta la presencia de Dios en la realidad y está siempre en relación con él, a pesar de lo absorbente de su actividad.

 

5.7. La ascesis

 

A partir de su conversión, Juan de Dios llevó una vida dura, que Castro recoge en el capítulo 17 de su biografía:

 

          “Sólo el ordinario trabajo, que Ioan de e Dios tenía en procurar las limosnas y curar de sus pobres, era tan grande penitencia y mortificación de la carne, sin las continuas demandas y importunaciones de todos, que era muy bastante carga para otro cuerpo que fuera sano y recio... Y con todo esto no se contentaba el hermano Ioan de Dios, sino que con obras de mucha penitencia mortificaba su carne y la hacía servir al espíritu, no concediéndole aún lo muy necesario”[ix].

 

Más adelante, continúa Castro:

 

          Eran tantos los trabajos en que Ioan de Dios se ocupaba por dar remedio a los de todos, así de caminos y salidas que hacía, en que padecía muchas frialdades, como el trabajo ordinario de la ciudad, que se desvencijó”[x].

 

Según esto, se puede decir que su ascética consistió, principal mente en tres aspectos:

 

·      El primero en el poco cuidado que tiene de su cuerpo; no lo quiere regalar; vive para los pobres e identificado con ellos. A la comida y al vestido hace alusión varias veces (cf 2 DS 13) y se denota en ello lo poco que necesitaba para vivir. El trabajo, el poco dormir, la austeridad, reflejan su ascetismo.

 

·      El segundo  se deriva de la donación a los demás, que le exige el estar atento a los enfermos, seguir sus dolencias, visitarles cuando llega cansado a casa, salir a pedir,  preocuparse de la rehabilitación de las mujeres de mala vida, dar explicaciones a las personas a las que debe dinero.  Su ascesis  le ayuda a conseguir el talante de dar gracias a Dios tanto por el bien como por el mal.

 

·      El tercer aspecto es que, para conseguir esto, Juan de Dios, a partir de su conversión, realiza un proceso de vaciamiento de sí para poder llenarse del amor de y a  Dios. Después de escuchar el sermón del Maestro Ávila,  uno de sus deseos es el de ser tenido en poca cosa: se desnuda, se echa en el lodo, deja que los demás hagan burla de él y le tomen por loco.  Habla constantemente  de que es un gran pecador, y esto mismo dice al Arzobispo Guerrero cuan se encuentra en el lecho de muerte;  los viernes, cuando invita al cambio de vida a las prostitutas lo hace confesando sus propios pecados;; él es, en su opinión, el único indigno de estar en su hospital..... Quien  había conseguido tan altas cotas de amor y santidad, se sentía nada.  Es otro de sus rasgos proféticos.

 

5.8. La colaboración con los seglares

 

Su obra estuvo siempre abierta no solamente a los enfermos y a los pobres, sino a todas las personas que quisieron colaborar con él.

 

Comienza con las limosnas de los habitantes de Granada; se siente apoyado por el trabajo que  realizan los mismos pobres, los peregrinos o prostitutas a quienes les pide un apoyo especial; tiene enfermeros que hacen el trabajo del hospital cuando va a pedir; en sus salidas le acompaña Juan de Ávila; los bienhechores llegan a ser, con sus apoyos constantes protagonistas del hospital. La ciudad de Granada  siente su ausencia cuando viaja hasta Valladolid y permanece nueve meses fuera, hasta el punto de tributarle un gran recibimiento a  la vuelta.

 

Esto no son sino expresiones de la convicción que tenía de realizar una obra compartida con todos, del valor de cada una de las personas, de  su apertura y la universalidad. Su obra, desde el principio, fue obra también de los colaboradores, creyentes y no creyentes, que se identificaron con su espíritu humanitario y a quienes quería manifestar la fuerza de la salvación.

 

 

5.9. La cordura

 

Juan de Dios fue un hombre sabio, enriquecido con la sabiduría bíblica que brota de la sencillez, de la humildad, de ir creciendo en correspondencia a la llamada de Dios, de ir armonizando y centrando su ser en lo que considera fundamental para su vida.

 

Sus respuestas son  cada vez más cuerdas, y la gente lo aceptará progresivamente como hombre de buen sentido.

 

 

5.10. La  armonía y serenidad

 

La jornada de Juan de Dios estaba llena; no tenía tiempo que “perder”, pues las necesidades del hospital y la asistencia a los pobres, en algunas ocasiones, no le dejaba libre ni el tiempo que se necesita para “estar un credo despacio”. (1 GL 4) Sin embargo, se preocupaba de visitar uno a uno los enfermos, se interesaba de cómo se encontraban y cómo les había ido durante su ausencia. Cuando se encuentra con quien sufre, no tiene prisa: acoge, escucha con calma y, en lo posible, remedia su necesidad. Castro refiere:

 

          “...era tanto el concurso de gentes que con él venían a negociar, que muchas veces apenas cabían de pies; y él, sentado en medio de todos, con muy gran paciencia, oyendo a cada uno las necesidades que traía, sin enviar jamás a nadie desconsolado, con limosna o buena respuesta”[xi].

 

 

5.11. El espíritu evangelizador

 

Juan de Dios es un apóstol que tiene una visión universal y ecuménica de la vida, deducida de su encuentro con Dios, en el que ha experimentado que  Dios es Padre de todos y a todos ama de forma gratuita. Esta experiencia es el fundamento de su espíritu apostólico. La transmite en sus gestos de amor universal y la anuncia de palabra y por escrito, invitando a actuar al estilo de Dios:

           

          “Si considerásemos lo grande que es la misericordia de Dios, nunca dejaríamos de hacer el bien mientras pudiésemos” (1 DS 13).

           

 

De ahí su gran deseo de que las personas vivan centradas en Dios, que experimenten la salvación y aprecien el valor fundamental de la persona humana. Con el lenguaje de su tiempo dice que “un alma vale más que todos los tesoros del mundo” (1 DS 17).

 

De ahí su interés por aprovechar toda ocasión para presentar la Buena Nueva. El anuncio de la salvación es algo que lleva en su corazón. Su caridad no se limita a solucionar problemas y necesidades sociales; su compromiso por el hombre no tiene como fin principal, menos aún exclusivo, la promoción social de los marginados y el alivio de los enfermos. Vive y realiza el servicio a los pobres y enfermos como el modo personal de imitar a Jesucristo, de anunciar el Evangelio y hacer presente el amor de Dios al hombre, particularmente a los más débiles.

 

El mismo se encarga de decir, tras elencar una serie de necesidades y problemas que tiene:

 

          ... me encuentro aquí lleno de deudas y entrampado, sólo por Jesucristo”. (2 GL 7)

 

Y al final de sus cartas:

 

          Juan de Dios, el que desea la salvación de todos como la suya misma. Amén, Jesús”.

 

Es claro, además, que no se ocupa únicamente de la atención corporal y de solucionar problemas sociales y económicos:

 

·               Cada viernes va a la casa pública para evangelizar a las prostitutas;

·               Enseñó el catecismo a los niños y a los acogidos en su hospital;

·               Se preocupaba de la asistencia religiosa y de la administración de los sacramentos a los enfermos;

·               Orientaba espiritualmente a las personas con las que se relacionaba:

 

* A Luis Bautista, en orden al discernimiento vocacional;

* A Gutierre Lasso, sobre asuntos de familia y el futuro de sus hijos;

* Las cartas a la Duquesa de  Sessa, en especial la tercera, están llenas de orientaciones de carácter espiritual.

 

Juan de Dios realiza un servicio integral a la persona. Lo expresa muy bien cuando dice:

 

“...viendo padecer a tantos pobres... y con tantas necesidades, tanto corporales como espirituales...” (2 GL 8)

 

Tampoco se centra exclusivamente en las personas acogidas en el hospital; su amor estaba abierto a

 

“todo género de pobres y necesidades, que le iban acudien­do a que les socorriese: viudas y huérfanos honrados, en secreto, pleiteantes, soldados perdidos y pobres labradores... y a todos socorría conforme tenían necesidad, no enviando a nadie desconsolado[xii]...sin los estudiantes que mantenía”, y vergonzantes en sus casas[xiii].

 

Hoy hablamos de nueva evangelización, de nueva hospitalidad, de pastoral de la salud. Juan de Dios anuncia y hace presente el contenido inmutable del mensaje de la Buena Nueva, con un ardor y unas actitudes que, a veces, hoy nos faltan. He aquí otra manifestación de su talante profético.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

II PARTE

 

ELEGIDOS PARA EVANGELIZAR

A LOS POBRES Y ENFERMOS

 

Panorámica histórica

 



 

 

 

Capítulo tercero

 

 

LA ORDEN HOSPITALARIA HASTA MEDIADOS DEL S. XIX

 

 

1. De la muerte de Juan de Dios hasta la división de la Orden en dos Congregaciones

 

Los principios de la  Orden son, en verdad, humildes y sencillos pero providenciales, apoyados en  el espíritu heredado de Juan de Dios. Sólo a la luz de la Providencia divina  se explica la continuidad y desarrollo de la obra iniciada por el Padre de los pobres. Los primeros Hospitalarios encuentran apoyo material y moral en las personas del Arzobispo de Granada, don Pedro Guerrero, en san Juan de Ávila y en otros bienhechores. El soporte canónico-institucional era nulo: se trataba de una Obra sin estructuras ni organización jurídica y sin reglas; sólo 37 años más tarde (1587) tendrá lugar el primer Capítulo para nombrar General y formular las Constituciones.

 

Todo partió de Granada. A Juan de Dios le sucede Antón Martín en la dirección del Hospital. Durante el período comprendido entre 1552 y 1565 rige los destinos de los Hermanos en España el Hno. Juan García, que admitió a la Congregación de Hermanos de Juan de Dios a Rodrigo de Sigüenza, Sebastián Arias, Pedro Soriano, Melchor de los Reyes y Frutos de San Pedro.

 

 

a) Primeras fundaciones fuera de Granada

 

Entre las actividades de mayor importancia de este tiempo, se cuentan, como hitos del futuro desarrollo de la Orden: el traslado del hospital de Cuesta de los Gomérez a los terrenos de los Jerónimos, el viaje de Antón Martín a Madrid con la nueva fundación y, un poco más adelante, la Guerra de las Alpujarras.

 

El deseo de acondicionar cuanto antes y lo mejor posible el nuevo hospital granadino, llevó a Antón Martín a Madrid (1552) en busca de ayudas económicas, que fueron generosas, entre ellas las del Príncipe Felipe y la Infanta doña Juana que, además, le pidieron la fundación de un hospital de las mismas características del de Granada. El Hno. Antón Martín regresó a Granada para dejar las cosas en orden y volvió a Madrid, donde fundó un hospital que llamó del Amor de Dios. Enfermó de gravedad  durante la fábrica y ampliación del hospital y  falleció la noche del 24 de diciembre de 1553, no sin antes haber designado en su testamento Hermanos Mayores (Superiores) para los hospitales de Madrid y Granada.

 

 

La obra de los Hermanos de Juan de Dios iba progresando, gracias a la fe y confianza en la Providencia y en fiel apertura a los planes de Dios, que se manifestaban en las peticiones para extender la nueva hospitalidad. Las vocaciones iban floreciendo y se multiplicaban sin cesar en España, dando confianza a nuestros primeros Hermanos para seguir extendiendo más y más la Hospitalidad en beneficio de los pobres y enfermos. Así, a la fundación de Madrid (1552), siguen las de Lucena (1565), Utrera (1567), Jerez de la Frontera (1568), Córdoba y Sevilla (1570).

 

La participación de los Hermanos en la Guerra de las Alpujarras y en la batalla de Lepanto, abre nuevos horizontes y mayor amplitud al carisma. La misión no se limita al servicio en el hospital; en adelante se extiende y se abre a los ejércitos de tierra y a las expediciones navales; los Hermanos se hacen presentes en  los lugares que sufren epidemias y van a cualquier parte del mundo necesitada de asistencia sanitaria. 

 

A los Hermanos de Juan de Dios se unieron, durante los años setenta del siglo XVI,  el Venerable Pedro Pecador (fundador del hospital de Nuestra Señora de la Paz, en Sevilla, los de Málaga, Antequera y Ronda), y San Juan Grande (fundador del hospital de La Candelaria, en Jerez de la Frontera, al que se sumarían los hospitales de Medinasidonia, Sanlúcar de Barrameda, Arcos de la Frontera, Puerto de Santa María y Villamartín), junto con sus respectivos discípulos y hospitales. Entre los seguidores de Juan Grande se encuentra  Pedro Egipciaco, que será el primer General de la Congregación Española. 

 

 

b) Aprobación de la Congregación de Hermanos de Juan de Dios: San Pío V.

 

En 1571, los Hnos. Sebastián Arias y Pedro Soriano emprendieron viaje a Roma para solicitar la aprobación de la Orden, y obtuvieron de san Pío V el Breve Salvatoris nostri (8 de agosto de 1571) y la Bula Licet ex debito (fechada en 1 de enero de 1572), por la que se erige en Congregación Religioso-Hospitalaria al grupo de Hermanos de Juan de Dios, bajo la Regla de San Agustín y la obediencia a los Ordinarios del lugar, concediéndoles hábito propio.

 

Obtenida la aprobación, Fr. Pedro Soriano se quedó en Italia y fundó, a finales del mismo año 1572, el Hospital de Ntra. Sra. de la Victoria en Nápoles, en 1581 comienza la actividad en Roma, en la Plaza de Piedra, trasladándose  a la Isla Tiberina en 1584, año en que firma la escritura de compra del Hospital San Juan Calibita.

 

 

c) Aprobación de la Orden: Sixto V

 

El Instituto se extiende rápidamente y, lo que es más importante, los Hermanos viven con verdadero celo el espíritu de caridad heredado de Juan de Dios. Sienten que ha llegado el momento de constituir una Orden, con Reglas y Superiores propios. Sixto V, que conoce muy bien la obra de los Hermanos, el 1 de octubre de 1586 eleva la Congregación a Orden regular con la Bula Etsi pro debito, concediendo a los Hermanos celebrar Capítulo General y en él aprobar las Constituciones y elegir Superior General.

 

El Capítulo se celebró en el Hospital San Juan Calibita, del 20 al 24 de junio de 1587. El día 23, Pedro Soriano fue elegido General de la Orden Hospitalaria y se aprobaron las primeras Constituciones para toda la Orden.

 

 


2. División de la Orden en dos Congregaciones

 

El 13 de febrero de 1592, con la promulgación del Breve Ex omnibus por Clemente VIII, los Hermanos vuelven a la situación que precedió a la aprobación del Instituto por Pío V, pues no se les permite emitir más votos que el prestar servicio en los hospitales, bajo la obediencia de los Ordinarios.

 

Aunque no era intención del Papa dar origen a la separación jurídica de los Hermanos de Italia y de España, ésta se produce a causa de los siguientes hechos:

 

·          Parcial reintegración de la Orden en Italia: Breve Romani Pontificis (9.IX.1596), de Clemente VIII;

·          Parcial reintegración en España: Breve Piorum virorum (12.04.1608) de Paulo V;

·          Reintegración total en España: el 7 de julio de 1611, Paulo V eleva la Congregación de España a verdadera Orden regular, con el Breve Romanus Pontifex. Aquí comienza jurídicamente la separación de las dos Congre­gaciones, pues el Papa concede celebrar Capítulo General, elegir General para España y redactar Constituciones;

·          Reintegración total en Italia: la concedió el mismo Paulo V, mediante el Breve Romanus Pontifex (13.02.1­617), con las mismas prerrogativas que había concedido a la Congregación Española. Desde este momento, la Orden cuenta con dos Superiores Generales.

 

De este modo, jurídicamente, la Orden consta de dos Congregaciones, lo cual significa que cada Congregación tendrá Constituciones y Superior General propios, desde 1611 hasta el 14 de septiembre de 1888, fecha de la anexión de la Provincia de España a la Congregación Italiana. En la práctica la unidad comenzó en 1867 año en que la Orden fue restaurada en España por el Beato Benito Menni, siendo General de la Congregación Italiana el P. Juan Mª. Alfieri.

 

Sin embargo, ya desde el año 1587 se aprecia cierta separación de los Hermanos de España de los de Roma, mantenida por algunos Hermanos del Hospital de Granada y otros de España, que se resistieron a aceptar la residencia del General de la Orden en Roma y, en consecuencia, a renovar la profesión bajo su autoridad. Esta actitud se pone más de manifiesto cuando, debido a la prematura muerte del P. Pedro Soriano, en agosto de 1588 mientras realizaba la visita canónica al Hospital de Peruggia, los Hermanos de España no acuden al capítulo General, celebrado en Roma en marzo de 1589.

 

 

2.1. Congregación Española

 

a) La Orden en España.

 

El 20 de octubre de 1608 es elegido  Pedro Egipciaco primer General de la Congregación Española. En este Capítulo se redactan nuevas Constituciones que llevó a Roma el mismo Hno. Egipciaco. Paulo V las aprobó y confirmó el Instituto el 11 de junio de 1611.  Después de renovar la profesión en manos del Papa, regresó a España. El día 2 de noviembre de 1614 fue reelegido General y el Papa Paulo V, con su Motu Proprio del 16 de marzo de 1616, eximió de la jurisdicción de los Ordinarios a los Hermanos. También Paulo V, por Breve de 7 de diciembre de 1619, dividía la Congregación Española en dos Provincias: Nuestra Señora de la Paz (Andalucía) y San Juan de Dios (Castilla).

 

En los inicios del siglo XVII nuestra Orden contaba con una veintena de hospitales en la Península Ibérica, comienza a desarrollarse en América, tras las dos primeras fundaciones en Cartagena de Indias (1596) y La Habana (1603); y se extiende incluso hasta Filipinas, donde llegan los Hermanos en 1611.

 

En el año 1715 las dos ramas (Española e Italiana) de la Orden Hospitalaria comprendían 16 Provincias con 256 hospitales y 2.399 Hospitalarios. La rama Española la componían las Provincias de Nuestra Señora de la Paz (Andalucía), con 26 hospitales; San Juan de Dios (Castilla), 22 hospitales; Espíritu Santo (Nueva España), que comprendía también Filipinas, con 28 hospitales; San Bernardo, (Tierra Firme), con 11 hospitales; y del Arcángel San Rafael (Perú y Chile), con 20  hospitales.

 

El 9 de febrero de 1738 era elegido General de la Congregación Española Fr. Alonso de Jesús y Ortega “El Magno”. Con él, la rama Española de la Orden alcanzará su máximo esplendor. De la magnitud de la obra de los Hospitalarios en estos años da idea el hecho de que entre enero de 1735 y diciembre de 1757 se recibieron un total de 726.637 enfermos.

 

La expansión de la Orden en España tuvo una línea ascendente hasta el final del generalato del Hno. Alonso de Jesús y Ortega  († 1771). En este tiempo la Congregación Española contaba con 1.261 religiosos y siete Provincias: tres en España, tres en América (en una de ellas se incluían cinco hospitales de Filipinas) y una en Portugal que incluía varios centros en África y Asia. A partir de ese momento se iniciaría la decadencia de la Congregación Española, hasta su extinción formal, con la muerte del último General en 1850.

 

 

b)  Llegada de los Hermanos y consolidación de la Orden en Portugal

 

Ya desde los inicios de la Orden, los Hermanos tuvieron el deseo de adquirir en propiedad la casa donde nació nuestro Fundador. A pesar de los muchos intentos y por diversas causas este deseo no pudo concretarse hasta el año 1606 cuando dos Hermanos del hospital de Antón Martín de Madrid pasaron a Portugal. Sobre la casa donde nació Juan de Dios en Montemor-o-Novo fue edificada una iglesia y un hospital.

 

La expansión de la Orden en Portugal siguió la misma trayectoria y los mismos criterios que en España. De hecho fue una Provincia de la Congregación Española hasta el año 1790, cuando la Santa Sede aprobó su separación definitiva nombrando un Vicario General con su propio Definitorio. En la práctica, hacía ya mucho tiempo, desde 1702 aproximadamente, vivía separada de las Provincias Españolas.

 

En el año 1745 eran once los hospitales de la Orden en Portugal; nueve los hospitales militares atendidos por los Hermanos y cinco los repartidos por África y Asia, sumando  más de 130 los Hermanos portugueses.

2.2. La Congregación Italiana

 

a)  Los Hermanos Hospitalarios en Italia

 

La obra de los Hermanos de Juan de Dios vivió en Italia años de expansión y florecimiento, gracias a la entrega caritativa, la disponibilidad para atender cualquier necesidad que surgiese y la asistencia esmerada y cualificada. Todo ello les hizo ganar las simpatías y favores de las autoridades civiles y eclesiásticas y la de muchos bienhechores. Así pudieron los Hermanos obtener una rápida expansión, con un gran número de fundaciones en Italia y en gran parte de Europa: Austria, Alemania, Polonia y Francia.

 

También en Italia los Hermanos asistían a los soldados en los campos de batalla y a las víctimas de las pestes y epidemias, constituyendo un gran testimonio de caridad y hospitalidad.

 

Puede darnos idea de la pujanza y desarrollo de la Orden en Italia el hecho de que, apenas transcurridos 80 años de la primera fundación (Nápoles 1576), los Hospitalarios contaban con seis florecientes Provincias: Roma, Nápoles, Lombardía, Bari, Sicilia y Cerdeña, con 66 hospitales, 1032 camas, atendiendo a 27.469 enfermos, todos pobres, y 595 Hermanos, entre ellos algunos muy ilustres, que se distinguieron por su preparación y destreza en medicina, cirugía y enfermería, como el Hno. Pascual de l’Homme y el Hno. Gabriel Ferrara.

 

 

b) Fundaciones transalpinas.

 

Los países a los que ahora nos referiremos y que componen el mapa de la Orden en Europa con los tres de los que hemos hablado, vieron nacer la familia juandediana a partir de Hospitalarios llegados de Italia o de Provincias pertenecientes a la Congregación Italiana. Los criterios de expansión, la vida ejemplar de los Hermanos, la misión apostólica que desarrollaron.

 

 

b.1) Francia

 

La Orden tuvo una rápida propagación en Francia a partir del año 1602, fecha en la que el Hno. Bonelli y sus compañeros llegados de Italia fundaron el Hospital de la Caridad, el más importante de la nación entonces, y cuna de la Provincia francesa, erigida en el Capítulo General de 1639. Con la ayuda de las autoridades civiles y eclesiásticas la Orden se extendió rápidamente por Francia.

 

Aunque unidos a la Congregación Italiana, los Hermanos franceses disfrutaban de un régimen parcialmente autónomo, pues El Provincial recibía del General también la patente de Vicario General y gobernaba con independencia de Italia. El año 1789 contaba la Provincia con 40 hospitales en Francia, 5 en sus colonias y un total de 350 Hermanos.

 

 

 

b.2) Países austrogermánicos

 

En el año 1605 los Hnos. Gabriel Ferrara, ilustre médico y cirujano, Juan Bautista Cassinetti y otros religiosos llegaron a Feldsberg a instancias del príncipe Carlos de Liechtenstein para hacerse cargo del hospital de Santa Bárbara, el primero de los 22 hospitales que la Orden fundó hasta la muerte del Hno. Ferrara en 1627.

Pronto nació la floreciente Provincia del Arcángel S. Miguel, de la cual han tenido origen todas las Provincias de la Europa Central. A mediados del siglo XVIII la conocida como Provincia di Germania San Michele Arcangelo contaba con 31 hospitales, abarcando su enorme ámbito geográfico países actuales como Austria, Italia, Alemania, Rumanía y Hungría.

 

Igual que en otros lugares, los Hermanos cuidaban a los enfermos en sus hospitales y acompañaron también a las tropas del emperador en sus campañas bélicas atendiendo a los heridos y enfermos. Tampoco faltó el servicio abnegado y caritativo a los afectados en tiempos de pestes y epidemias.

 

b.3) Polonia.

 

El Hno. Gabriel Ferrara llegó a Polonia en 1609 aceptando el hospital de Cracovia. Pronto nacieron nuevas fundaciones en Polonia y Lituania. En 1642 se constituyó en Provincia independiente bajo la advocación de la Asunción. A pesar de ser una Provincia próspera (13 hospitales y 156 religiosos a finales del siglo XVIII), desapareció con la repartición de sus territorios entre Rusia y Prusia.

 

 

3. La Orden en América durante este período

 

En la Bula de Gregorio XIII “In Supereminenti” (28 de abril de 1576) se hace mención de las fundaciones que los Herma­nos de Juan de Dios habían hecho “en diversas Provincias de las Indias del mar Océano” sin que se especifiquen ni el número ni el lugar en que se hallaban.

 

Tanto en la primera biografía de San Juan de Dios (1585) como en las Constituciones hechas en el primer Capítulo General (junio de 1587), se señala la existencia de tres hospitales en América: en Méjico, en la ciudad de Nombre de Dios (Panamá) y Ciudad de los Reyes en Perú (cf. Const. 1587, fol. 43 v.)

 

Algunos de estos hospitales debieron ser de aquellos que los primeros colonizadores edificaban para la asistencia de los españoles que viajaban al Nuevo Mundo y para los propios indígenas. Otros hospitales, como sucedía en España en aquella época, fueron edificados por personas piadosas, asociaciones o cofradías que, enterados de la Congregación fundada en Granada por Juan de Dios, los ofrecerían a los Hermanos. Sólo así se explica la existencia de hospitales a nombre de la Congregación de Juan de Dios antes que los primeros Hospitalarios salieran de España para establecerse en América.

 

En un manuscrito conservado en el Archivo de Indias, consta que los Hermanos de Juan de Dios de Granada se ofrecieron  en 1584 para ir a tierras americanas. Este ofrecimiento se desestimó con fecha de 18 de abril de 1584; consta también que, en una de las flotas de España con destino a Cuba y Nueva España, embarcaron para asistir a los enfermos y heridos ocho religiosos hospitalarios, cuyo superior era Fr. Francisco Hernández. Este Hospitalario vio el vasto campo de acción que en aquellas tierras se ofrecía para la misión sanitario-hospitalaria y, de regreso a España, presentó a Felipe II un memorial exponiendo los servicios prestados y la necesidad de que los Hermanos pasaran a las Indias; terminaba en su informe por pedir licencia al rey para volver con otros cinco Hermanos a aquellas regiones, con el fin de practicar su labor misionero-hospitalaria.

 

El monarca accedió esta vez a la petición, y expidió una Real Cédula fechada en Madrid el 2 de diciembre de 1595, dirigida al presidente y ministros de la Casa de Contratación de Sevilla, ordenándoles que dejasen pasar a las Indias a Fr. Francisco Hernández y a sus cinco compañeros para hacerse cargo de los hospitales de Cartagena, Nombre de Dios y Panamá. Al final de su larga navegación, arribaron al puerto de Cartagena de Indias en abril de 1596, tomando posesión del hospital que había en esa ciudad con el título de San Sebastián.

 

A partir de su establecimiento permanente, en el primer tercio del siglo XVII, la labor de los Hospitalarios se extendió rápidamente por el continente americano. Con el fin de regular la nueva situación llegarán unas disposiciones del Real Consejo de Indias, dictadas para los Hermanos y hospitales en América y recogidas ya en las Constituciones de 1640.

 

Hacia 1780 las estadísticas de las tres Provincias americanas, sin contar Filipinas, reflejan los siguientes datos: Provincia de San Bernardo, 11 hospitales y 70 Hermanos;  Provincia del Arcángel San Rafael, 20 hospitales y 245 Hermanos y Provincia del Espíritu Santo 26 hospitales y 255 Hermanos.

 

Las causas que favorecieron la presencia y expansión de la Orden en América se debieron, en primer lugar, a la caridad y entrega de los Hermanos, la disponibilidad para atender cualquier necesidad que surgiese, a la universalidad en la acogida y a su preparación humana y científica, que garantizaba una mayor calidad asistencial, a lo que hay que sumar el apoyo de las autoridades civiles y eclesiásticas. 

 

La buena fama de los Hospitalarios ante las autoridades y el pueblo propició, en muchos casos, que los Hermanos fueran llamados para hacerse cargo de los hospitales y facilitó que se aceptara la petición de los propios Hermanos de hacerse cargo de la dirección de hospitales ya fundados.

 

La simpatía del pueblo y de las autoridades se mostraba, sobre todo, en la generosidad que tenían para colaborar económicamente en la obra de los Hermanos, pues la mayoría de hospitales no podían funcionar con las rentas asignadas y era necesaria la limosna  para el sostenimiento. Existían también muchas Hermandades y Cofradías en los hospitales, que eran verdadero apoyo espiritual, asistencial y económico de los mismos.

 

 


3.1. Aportaciones a la evangelización

 

De forma sintética, como aportaciones a la evangelización en aquel continente, señalamos las siguientes:

 

·      La llegada de los españoles a América supuso también la entrada de la fe cristiana: sacerdotes y religiosos acompañaban a los colonizadores, con el fin de asistir espiritualmente a las tropas y extender el Evangelio.

·      La evangelización, mediante el servicio a los enfermos y necesitados, fue y sigue siendo la gran aportación de la Orden también en aquel continente. Asistencia corporal y espiritual, hoy diríamos integral, que, como se ha indicado, fue de calidad y muy reconocida.  Hubo buenos e ilustres médicos, cirujanos, enfermeros y sacerdotes.

·      Si bien la evangelización a través de la predicación no es el fin de la misión de nuestra Orden, en América los Hermanos hicieron una gran labor pastoral en las iglesias de los Hospitales, en algunas parroquias y también mediante la dedicación de Hermanos a la catequesis y formación, en un continente tan necesitado de ello.

·      La labor caritativa y abnegada de los Hospitalarios con los enfermos y la dedicación de muchos de ellos a la limosna, eran ocasiones para la evangelización mediante sencillas palabras, apoyadas en la coherencia de su vida. Destacamos en esta encomiable labor al Vble. Francisco Camacho, en Lima.

·      Es de notar la inserción real de nuestros Hermanos en América. Vivieron cercanos a la realidad de las personas del Nuevo Continente y trabajaron incansablemente en favor de los más desfavorecidos. En la época en que se iniciaron los procesos de independencia, hubo un compromiso de algunos, reconocidos por el pueblo, en la lucha, apoyo y servicio al lado de los que buscaban la independencia. Su testimonio fue casi siempre desde la hospitalidad. A varios Hermanos les costó el destierro y la cárcel. Podríamos decir que fueron, junto con otros religiosos, sacerdotes y laicos, verdaderos pioneros y antecesores de los testigos actuales de la teología de la liberación. Algunos ejemplos los tenemos en las vidas de Fr. Agustín de la Torre, Fr. José Rosauro Acuña y Fr. Pedro Domínguez en Perú, Fr. Santiago Monteagudo en Chile y Fr. José Olallo Valdés en Cuba.

 

 

4. Presencia de los Hermanos en Asia, África y Oceanía

 

Los inicios de la presencia de la Orden en Asia, África y Oceanía hay que unirlos a la expansión de las Coronas Española y portuguesa en los siglos XVI y siguientes. 

 

La colonización de nuevas tierras y/o la defensa de otras, precisaban el envío constante de flotas de la Armada, en cuyos barcos se alistaron Hospitalarios para prestar servicio a los heridos de guerra y a las gentes de los lugares donde arribaban; ello hizo que muy pronto llegasen Hermanos a los nuevos continentes. Sin embargo, el asentamiento permanente no llegaría hasta años después, haciéndose cargo de hospitales fundados por los reinos de España y Portugal, unas veces a petición de la Orden y otras llamados por las autoridades del lugar.

 

Al lado de religiosos de otros Institutos, encontramos a nuestra Orden ejerciendo la caridad y practicando la hospitalidad según el carisma de San Juan de Dios.

 

Hasta el siglo XIX, fecha en la que desaparecieron los Hermanos en muchos lugares por las mismas razones que en Europa y América, las características y las aportaciones a la evangelización son muy parecidas a lo reseñado para América.

 

 

a) Asia

 

Aunque no hubo fundaciones permanentes en el continente asiático hasta varios años más tarde, en su continuo ir y venir con las Armadas Española y portuguesa, los Hermanos establecieron puestos de asistencia en las costas de China, bien por epidemia y contagios, bien por el gran número de heridos en los barcos tras algunas batallas.

 

Los Hermanos llegaron a Filipinas en 1611 y se hicieron cargo de un hospital para convalecientes, abierto por Fr. Juan de Gamboa en Bagumbayan, extramuros de Manila, que fue abandonado posteriormente. Los primeros documentos que se refieren a la presencia de la Orden en Filipinas son de 1617, en los que el rey Felipe III concede licencia para fundar. En realidad, sólo después de 1641 se consolidó la presencia de los Hermanos en Filipinas, llegando a constituirse en Viceprovincia dependiente del Comisariado General de México,, con dos ospitales generales en Cavite y Manila y otras fundaciones Cebu, Zamboanga y San Rafael de Bulacan.. Las vicisitudes políticas y sociales de España en el siglo XIX marcaron la vida de la Orden en Filipinas y a finales de dicho siglo desapareció, permaneciendo ese archipiélago sin presencia de Hospitalarios hasta la llegada de los Hermanos italianos en 1988.

 

Los Hermanos portugueses fundaron varios hospitales en las costas de la India: Goa en 1685, Baçaim en 1686, Diu en 1687 y Damão en 1693. Estos hospitales siguieron la misma suerte que la Provincia portuguesa en cuanto a su desarrollo y desaparición.

 

 

b) África

 

Desde 1573 hasta 1834, más de un centenar de Hermanos acompañaron las campañas de los soldados españoles en la conquista y defensa de plazas africanas pertenecientes a la Corona Española. En calidad de médicos, cirujanos y enfermeros, misioneros y catequistas, merecieron los más altos elogios de las autoridades e incluso del rey Felipe III, que dirigió una carta en este sentido al Padre Egipciaco. Entre otros podemos destacar la presencia del Padre Pedro Soriano en la conquista de Túnez y Biserta, bajo la guía de D. Juan de Austria en 1573, así como los veinte Hospitalarios que, en 1843, pasaron a Ceuta para combatir el “contagio maligno”;  de ellos murieron trece.

 

La primera fundación estable en tierras africanas fue llevada a cabo por los Hermanos de Portugal en Mozambique (1681). El decreto de mayo de 1834, suprimió la presencia de la Orden en aquellos países.

 

 


c) Oceanía

 

En mayo de 1606 llegó a las costas de Australia la primera expedición que había partido del puerto del Callao (Perú) medio año antes. En la expedición iban cuatro Hospitalarios con el fin de atender a los enfermos y heridos expedicionarios y con licencia para fundar y administrar hospitales. No obstante, no tenemos noticias de que allí permaneciesen ni fundasen hospitales, probablemente porque los españoles tampoco llegaron a establecerse.

 

 

5. Valores de la Hospitalidad y factores que influyeron en la difusión de la Orden

 

Las razones fundamentales que originaron la expansión y esplendor en esta época las podemos sintetizar en tres:

·      Vivencia gozosa y entusiasta del carisma y del espíritu del Fundador y su disponibilidad y entrega incondicional para atender a los enfermos y pobres más necesitados, tanto en sus hospitales como fuera de ellos. Los Hermanos fueron verdaderos testimonios de hospitalidad en la atención a los enfermos de pestes, contagios y epidemias, muy frecuentes en aquella época, tanto en sus propios hospitales, como desplazándose donde la catástrofe se producía, atendiendo y sirviendo con amor y ciencia a los afectados. Hay que resaltar, además, la labor de nuestros Hermanos en muchas guerras y campos de batalla, tanto en tierra como en mar.

·      Preocupación y esmero por dar un servicio cualificado en la asistencia a los pobres y enfermos, así como la acogida y atención a todo el que llamaba a las puertas de sus hospitales. Destacamos aquí el interés por la formación tanto espiritual como profesional de los Hermanos, entre los cuales se contaron ilustres médicos, cirujanos y enfermeros que, junto al trato exquisito y lleno de caridad, aportaron un alto nivel de calidad, difícil de encontrar en aquella época.

·      Todo lo anterior hizo que pronto la Orden se ganase las simpatías de las autoridades eclesiásticas y civiles, incluidas las de los Reyes. Esto propició atenciones y favores para la Orden en forma de cédulas y permisos para nuevas fundaciones en España, en América y también Filipinas. y la implantación de la Orden en Centro Europa.

 

 

6. Fieles a la Hospitalidad hasta el martirio

 

En tantos años de historia como tiene la Orden y en su dilatada expansión por todos los continentes del mundo, es fácil suponer la existencia de una larga lista de testigos del Cristo misericordioso y verdaderos mártires de la hospitalidad. El afán de extender el Evangelio con la práctica de la caridad y el servicio a los enfermos y necesitados, ha llevado a muchos Hospitalarios a sufrir la persecución y a la entrega de la vida, incluso con derramamiento de sangre. Se trata de una constante en la historia de la Orden que deseamos resaltar brevemente:

 

·      Brasil 1636: En el puerto de San Salvador, a manos de piratas holandeses, sufrieron el martirio los Hnos. Jesús Arana y Acosta, portugués, y los españoles Francisco Esforcia y Sebastián.

·      Colombia 1637: Los Hnos. Diego de San Juan, español, y Antonio de Almazán, colombiano, murieron a manos de los indios chocoes. En 1646, el Hno. Miguel Romero y un religioso franciscano fueron martirizados por los indios chocoes.

·      Chile 1656: Los indios aucas martirizaron al Hno. Gregorio Mejía, en Valdivia. En 1795 sería el Hno. Bernardo Lugones quien encontraría la muerte, a manos de los indios araucanos.

·      Polonia 1656: En el hospital de Lublin fue martirizado el Hno. Eustaquio Biescekierski, a quien dieron por muerto y posteriormente curó. En Varsovia fueron asesinados el Hno. Nicolás Orkieska, sacerdote, y el Hno. Melchor Moreti. Otros Hermanos como Hipólito Ciarnowski fueron maltratados y heridos, si bien pudieron salvar la vida. En Lowiez encontraron la muerte los Hnos. Norberto Gotkoswiez e Hilario. La causa fundamental de estas muertes fue la invasión de Polonia por pueblos vecinos que perseguían a los seguidores de Cristo.

·      Filipinas 1725: En Buenavista, hoy San Rafael de Bulacan, fueron martirizados por tribus negroides Fr. Antonio de Santiago, en la segunda mitad del siglo XVII, y Fr. Antonio Guemez en 1731. Fr. Lorenzo Gómez fue asesinado mientras se dedicaba a la limosna en el norte de Luzon.

·       Francia: Con la llegada de la Revolución y la supresión de la Orden, los Hermanos fueron perseguidos y encarcelados, sufriendo el martirio algunos de ellos: Hno. Vomerange en Burdeos, Hno. Felicien Citet en París, los Hnos. Marcet Clémont y Modesto Bernard sufrieron el martirio sobre los pontones de Rochefort; éste último fue desterrado posteriormente a la Guayana y murió entre la miseria.

·      España: Durante la Guerra de la Independencia (1808 y siguientes), tras la invasión de las tropas de Napoleón, muchos Hermanos fueron perseguidos y expulsados violentamente de los hospitales. Algunos encontraron la muerte sirviendo como enfermeros, médicos o cirujanos de las tropas Españolas: Hnos. Pedro Pérez y Antonio Pérez, Manuel Groizar y Nicolás de Ayala.

 

En todos los casos, el servicio hospitalario y la predicación del mensaje evangélico fueron las causas del martirio.

 

 


 

 

 

Capítulo cuarto

 

 

 

RESPUESTA APOSTÓLICO-MISIONERA DE LA ORDEN

DESDE MEDIADOS DEL S. XIX.

 

 

A partir del Renacimiento las autoridades civiles empiezan a considerar la asistencia a los enfermos y pobres como un deber basado en el imperativo de justicia. Tras un largo proceso, que culmina en el siglo XVIII, los hospitales van secularizándose y pasan a depender de la jurisdicción civil. 

 

La segunda mitad del siglo XVIII marca una nueva época en la vida europea, que se caracteriza por el racionalismo y la lucha contra las formas establecidas, concretamente contra la realeza y la Iglesia.

 

 

1. Extinción de la Congregación Española

 

a) Decadencia y restauración de la Orden en España

 

En el mes de septiembre de 1807 las tropas francesas penetraban en suelo español. A estos antecedentes se suma el período conocido como Trienio Constitucional (1820-1823). Una de las primeras medidas de los liberales (septiembre de 1820), es la aprobación por las Cortes de un proyecto de ley suprimiendo los conventos de órdenes monásticas y reformando las mendicantes. Con esta ley se permitía la secularización de los religiosos, se prohibía admitir nuevos novicios y la profesión de nuevos candidatos y se suprimían la mayor parte de los conventos al mandar cerrar aquellos cuya comunidad no alcanzase los 24 profesos. Esta última medida suponía para la Orden Hospitalaria la supresión de casi la totalidad de sus conventos hospitales existentes en España.

 

El 9 de marzo de 1836 se dicta el Real Decreto de supresión total de las órdenes religiosas y monacales. En consecuencia, sólo quedaron dos hospitales abiertos en España: Sevilla y Madrid. En Madrid, en el convento hospital de Antón Martín, quedaría una comunidad compuesta de 14 Hermanos, de la que es Prior Fr. Antonio Albors.

 

En mayo de 1830 se celebraba el que sería último Capítulo General de la Congregación Española y era elegido  su último General, Fr. José Bueno y Villagrán quien, viendo todo perdido y sin posibilidad de otra solución, tomó las providencias convenientes para poner a salvo antes que se derrumbase todo el edificio hospitalario lo que quedaba de más valor entre sus ruinas. Así, envió parte de la documentación del Archivo General al hospital de Sevilla (único que sobrevivía a la llegada del Bto. Benito Menni). También encomendó por carta al General de la Congregación Italiana, Fr. Benito Vernó, las causas de beatificación del Vble. Francisco Camacho y de San Juan Grande “a fin de que no se extravíen” y concluía su carta en estos términos: “A Vd., como único Jefe Superior que hoy existe de la Orden corresponde cuidar de cuanto a la Congregación pertenecía en esa; en cuya virtud tomará las medidas que crea prudentes para conservarlo.” Murió el 11 de marzo de 1850, en Madrid; con él se extinguía formalmente la Congregación Española de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios.

 

A las causas extrínsecas que motivaron la extinción formal de la Congregación Española (invasión francesa y posterior guerra, trienio liberal, política de exclaustración y secularización de las órdenes religiosas) habría que añadir las intrínsecas a la propia Congregación. Entre éstas, muchas de ellas son consecuencia de las primeras. También podemos hablar de una inadaptación para afrontar las nuevas circunstancias políticas, sociales y económicas.

 

 

b) Restauración de la Orden en España

 

El Padre Juan Mª. Alfieri puso todo el interés para que se restaurase la Orden en España. Lo intentó a partir de los pocos Hermanos que habían quedado a la muerte de Fr. José Bueno pero no fue posible, por lo que él mismo viajó a España, consiguiendo de la reina Isabel II licencia para establecer comunidades hospitalarias.

 

·      Después de varios intentos que no fructificaron, envió para tan difícil empresa al Bto. Benito Menni, recién ordenado sacerdote, que llegó a Barcelona en la Semana Santa de 1867 y fundó el Asilo S. Juan de Dios para niños lisiados, en diciembre del mismo año. Fue el inicio de la restauración de la Orden en España, la cual pasó por dificultades de todo tipo, que fueron vencidas por el amor a Dios, a los pobres enfermos y a la Orden.

 

·      El 21 de junio de 1884 se aprobaba la erección canónica de la Provincia San Juan de Dios en España con 120 Hermanos y cinco casas, que se multiplicaron rápidamente en España, Portugal y América. Los hospitales fundados por el Bto. Menni fueron, en su mayoría, destinados a la atención de enfermos mentales y niños paralíticos y escrofulosos, que eran los más desatendidos . La Provincia Española fue anexionada canónicamente a la congregación de Italia el 14 de septiembre de 1888, quedando unificada definitivamente la Orden.

 

·      Las claves  que encontramos en la obra de restauración llevada a cabo por el Bto. Menni son el cultivo de la vida espiritual, la disponibilidad para responder a cualquier necesidad urgente (pestes, guerras) y, principalmente, el fervor de la caridad de los Hermanos, cuyo testimonio atrajo numerosas vocaciones.

 

 

c) Extinción y restauración de la Orden en Portugal

 

Portugal tampoco se vio libre de las turbulencias sociopolíticas y culturales que afectaron a Europa  a partir del siglo XVIII. En mayo de 1834, por el decreto de exclaustración del ministro Aguiar, fueron suprimidas en Portugal y en sus colonias todas las Ordenes y Congregaciones religiosas sin excepción, con lo cual quedó extinguida totalmente nuestra Orden en Portugal.

 

La restauración  fue también obra del Bto. Benito Menni quien, también a instancias del Padre Juan Mª. Alfieri, una vez consolidada la Orden en España, envió varios Hermanos con el encargo de restaurar la casa donde había nacido Juan de Dios. En agosto de 1893 quedó establecida la comunidad de la Casa de Saúde de Telhal para enfermos mentales.

 

No fueron fáciles los primeros años, tanto por las dificultades económicas como por las sociopolíticas. Como religiosos, estaban fuera de la ley y no tenían protección de las autoridades civiles, lo cual fue causa de no pocos trastornos hasta que pudieron solucionarse estas dificultades.

 

 

2. Decadencia y restauración de la Congregación Italiana

 

Las dificultades sociopolíticas y culturales que vivió Europa tuvieron repercusión también en la Congregación Italiana. La Revolución Francesa suprimió la Orden en Francia; el Josefinismo trajo como consecuencia la separación de la jurisdicción la Curia General de Roma de las Provincias de Austria, Polonia, Lombardía, Nápoles, Sicilia y Toscana.

 

a) Italia

 

En 1810 era decretada la supresión de las Ordenes religiosas en el Reino de Italia. Aunque con dificultades, los Hermanos pudieron permanecer en algunos hospitales hasta que, en 1814, cesó la persecución contra la Iglesia y la Orden se reorganizó en toda la península

 

Realizada la unidad Italiana, en 1866 se declaraban extinguidas las Congregaciones religiosas, incautando sus bienes el gobierno. En algunas ciudades, los Hermanos pudieron permanecer en sus hospitales, bajo la fórmula de “Asociación hospitalaria laica”, como enfermeros y, en ocasiones, como administradores. En esas fechas la Orden contaba con un total de 50 hospitales y 352 religiosos.

 

El Padre Juan Mª. Alfieri, nombrado Superior General en 1862, fue sin duda el gran artífice de la restauración en Italia. Luchó lo indecible por mantener a los Hermanos en los centros que habían sido de la Orden y, poco a poco, fue preparando con habilidad la recuperación de los hospitales. También se esforzó por mantener vivo el espíritu religioso y moral de los Hermanos. Su sucesor, el Padre Casiano Mª. Gasser, consolidaría la restauración en sus dimensiones religiosa, espiritual y apostólica.

 

 

b) Decadencia y restauración en Francia

 

Llegada la Revolución Francesa se publicó el Decreto del Directorio (15-II-1790) por el que se suprimían todos los institutos religiosos de la nación. Por la ley del 18-X-1792, se decretaba la venta de los bienes de los hospitales, desapareciendo la Orden.

 

La restauración fue  dura y laboriosa. La inició Paul de Magallón, figura profética llena del Espíritu de Dios, que rezumaba hospitalidad y amor a la Iglesia y a la Orden, junto con un grupo de compañeros. Quisieron ponerse bajo la tutela del Padre General y en 1823 viajaron a Roma, donde realizaron el noviciado y emitieron la profesión religiosa. Regresaron a Francia y, en 1825, fundaron el Hospital Psiquiátrico de Lyon.

 

No sin dificultades, en 1880 se dictó un nuevo decreto de supresión, continuó el crecimiento en Francia, gracias al tesón y al espíritu juandediano de los Hermanos. Fundaron también en Irlanda (Tipperory 1877), Inglaterra (Scorton 1880) y Bélgica (Leuze 1906).

 

 

c) Provincia Germánica de San Miguel Arcángel

 

Siendo emperador José II (1765-1790) se dictaron leyes en virtud de las cuales los Hospitalarios quedaban separados de la jurisdicción de Roma y otras normas que dificultaban el buen funcionamiento de la Provincia, pues las casas que estaban fuera del territorio austríaco se separaron de la misma. Los Hermanos de dichas casas erigieron en 1781 otra Provincia, denominada Provincia per Imperium, dedicada a San Carlos Borromeo, con sede en Munich.

 

No menos deletéreas fueron las leyes que dictó Napoleón, cuyo resultado fue la desaparición de la Orden, exceptuados los hospitales de Breslavia y Neustadt.

 

A partir de 1831, reinando Luis I de Baviera, fue volviendo la calma: se restauró la unión a Roma y se erigieron nuevas Provincias: Baviera 1851, Silesia 1853 y Hungría 1856.

 

 

d) Polonia

 

La desaparición de la Provincia de la Anunciación comienza con la repartición del Reino de Polonia en los años 1772-93-95, entre Rusia, Prusia y Austria. y se consumó durante la ocupación napoleónica  en 1806,  quedando sólo el hospital de Cracovia, que pasó a la jurisdicción de Viena.

 

Por pertenecer a Polonia a partir de la Segunda Guerra mundial, recordamos aquí le evolución de la Orden en Silesia. En 1710 se funda el hospital de Breslavia que, junto con el de Neustadt fundado en 1764, fueron los únicos que superaron los tristes sucesos políticos y militares de la época. Realizada alguna otra fundación, las casas de Silesia fueron constituidas en Provincia regular el 14 de enero de 1883.

 

La Provincia Polaca no fue restaurada hasta 1922.

 

 

3. Decadencia y desaparición de la Orden en las Provincias ultramarinas

 

a)  Decadencia y desaparición de la Orden en América

 

El siglo XIX se caracteriza por el deseo de emancipación política de América Latina,  que afectó también a los religiosos. Las medidas exclaustradoras y desamortizadoras dirigidas contra los religiosos en Europa repercutieron en sus colonias. Las ideas enciclopedistas, los movimientos de independencia y la distancia de la metrópoli, fueron preparando el clima adecuado. Algunos Hermanos, arrastrados por el ambiente, promovieron la separación de los conventos-hospitales americanos de la Congregación Española. Para conseguir su objetivo acudieron a las autoridades civiles y eclesiásticas; para obtener el apoyo de los Ordinarios no tuvieron inconveniente en renunciar a los privilegios de la exención, sometiéndose de nuevo a la jurisdicción de los Ordinarios y, con la ayuda de las autoridades civiles, consiguieron que el rey pidiera a Pío VII el Breve de emancipación de la obediencia al General español, en virtud del cual pasaban a someterse a los síndicos y mayordomos nombrados por el rey en los hospitales. En 1801 pidieron también la supresión de las Comisarías, siendo la Provincia del Espíritu Santo de Nueva España la que más destacó para conseguir el Breve y a su frente Fr. Juan Nepomuceno Abreu.

 

Las Provincias del Espíritu Santo y de San Bernardo, apenas recibido el Breve, celebraron Capítulo, presidido por los delegados de los Ordinarios, en el que eligieron Provinciales, Consejeros, Priores y demás cargos. La Provincia de San Rafael permaneció hasta 1816 obedeciendo al General y en este año celebró también Capítulo. En México es nombrado Provincial Fr. Juan Nepomuceno Abreu y con él se extinguiría la Provincia del Espíritu Santo de Nueva España. Sólo sobrevivirían los Hermanos de Filipinas y Cuba que, ante el hecho de no contar con Superiores Mayores para poder admitir novicios, en 1824 intentaron, sin conseguirlo, volver a la jurisdicción del General de España. Parece como si la Providencia divina hubiera querido premiar esta fidelidad al espíritu de universalidad de nuestra Orden en el Siervo de Dios Fr. José Olallo Valdés, religioso cubano que, hasta su muerte (1889) permanecería fiel a sus votos en el hospital de Puerto Príncipe (Cuba), siendo el último Hospitalario de la Congregación Española en tierras americanas.

 

Aunque el peso de la asistencia en América la realizaron predominantemente los Hospitalarios españoles, es preciso hacer mención aquí de la presencia de Hermanos portugueses y franceses en aquellas tierras.

 

Los Hermanos portugueses habían estado en Brasil, acompañando a expediciones de las Armadas Española y portuguesa y fundaron varios a partir de 1724, año en el que abrieron el hospital de Pernambuco. También desaparecieron a mediados del siglo XIX.

 

Los Hermanos franceses fundaron hospitales en las colonias de su país, concretamente en las Antillas (Guadalupe 1685) y en Canadá (1716). La presencia en Canadá fue muy breve y en el resto se extinguió tras la Revolución francesa.

 

 

 

b) Restauración de la Orden en América

 

La restauración de la Orden en América Latina es obra del Bto. Menni. La ausencia de los Hospitalarios en el Continente latinoamericano es breve. En efecto, en 1892 el Padre Casiano Mª. Gasser, General de la Orden, y el Bto. Menni, Provincial de España, viajan a Argentina para estudiar la posibilidad de una fundación. Las gestiones no tienen éxito y hay que esperar hasta 1901, fecha en la que la Orden se restablece en América con la fundación del hospital de San Martín, en Guadalajara de Jalisco (México).

 

Tras la fundación en México, los Hermanos se extendieron a nuevos países: Colombia, Chile, Argentina, Cuba, Venezuela, Perú, Bolivia, Brasil y Ecuador, dependiendo de las Provincias de España y Portugal como Delegaciones Provinciales. Las casas de Colombia, que una década antes había rendido tributo con 7 Hermanos mártires en la Guerra Civil Española, fueron las primeras en erigirse como Provincia canónica en 1947, bajo la advocación de Ntra. Sra. del Buen Consejo. En la actualidad cuenta con siete centros y 60 Hermanos. En 1979 se constituyeron tres Viceprovincias, elevadas a Provincias en diciembre de 1994: Patrocinio de Ntra. Sra. y Venerable P. Francisco Camacho (Perú, Venezuela y Ecuador), Ntra. Sra. de Guadalupe (México, Cuba y América Central) y San Juan de Ávila (Argentina, Chile y Bolivia). Las Comunidades canónicas de estas tres Provincias son 25 y los Hermanos 180.

 

Los Hermanos portugueses volvieron a Brasil en 1963 fundando un hospital en Divinópolis. En 1927 llegaron los Hermanos franceses a Canadá fundando en 1933 el primer hospital en Montreal.. En 1941 los Hermanos de Canadá, constituía Provincia canónica el año anterior, fundaron en Estados Unidos, concretamente a Los Ángeles.

 

De este modo, el árbol de la Hospitalidad retoñó de las hondas raíces que el amor misericordioso de tantos Hermanos había implantado en el Continente que hoy llamamos de la Esperanza. Volveremos a tratar del presente de la Orden en América en otro capítulo.

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

III PARTE

 

COMPROMETIDOS EN LA HOSPITALIDAD



 

 

 

Capítulo quinto

 

 

DOCTRINA DE LA ORDEN SOBRE LA EVANGELIZACIÓN

 

 

Durante los más de 450 años de vida de la Orden, la literatura sobre la labor misionera por ella desempeñada es abundante, a pesar de ser una Institución más dedicada a la práctica de la caridad, y por tanto a la acción, que a la escritura. No obstante, la lista de los escritos es muy amplia, por lo que en la bibliografía adjunta reseñamos algunos de los más importantes.

 

 

1.    Iter histórico de las Constituciones de la Orden

 

A lo largo de la historia diferentes textos recogen el espíritu y la misión evangelizadora de la Orden, fundamentada en el carisma de la Hospitalidad. En nuestras Constituciones podemos distinguir dos grandes períodos: desde los orígenes hasta el generalato del Padre Alfieri, y del Padre Alfieri hasta nuestros días.

 

 

a) Desde los orígenes hasta el generalato del Padre Alfieri

 

Hay que hacer notar, en primer lugar, que durante 35 años (1550-1585) los Hermanos vivieron sin normas escritas reconocidas por la Iglesia.

 

En los 31 años sucesivos (1585-1616) se promulgaron las siguientes Constituciones:

 

·      Intento de formular unas Constituciones en 1583, promovido por Fr. Baltasar de Herrera. Se trataba de un proyecto desautorizado en sí mismo, pues San Pío V había puesto a los Hermanos bajo a la obediencia de los Ordinarios, por lo que no podían redactar constituciones para todos los hospitales existentes.

·      Constituciones para el Hospital de Granada, dadas por el Arzobispo D. Juan Méndez de Salvatierra en 1585. Aunque eran expresamente para el Hospital de Granada, fueron recibidas y cumplidas por los Hermanos de los demás hospitales.

·      Constituciones para toda la Orden, fruto del primer Capítulo General celebrado en 1587, una vez aprobada la Orden por Sixto V con el Breve “Etsi pro debito” (1-X-1586).

·      Constituciones del segundo Capítulo General (1589). A este Capítulo no asisten los Hermanos de España. Aunque en el prólogo se dice que es la traducción al italiano de las de 1587, se introducen algunos cambio significativos.

·      Primeras Constituciones de la Congregación Italiana (1596),  después de la parcial reintegración de la Orden en Italia.

·      Constituciones para  la Congregación Española (1611), una vez reintegrada totalmente la Orden en España. Aquí comienza jurídicamente la separación de las dos Congregaciones, que durará hasta 1867 con la restauración de la Orden en España por el Bto. Menni. Con algunas nuevas ediciones y variantes en 1640 y 1741, son las definitivas hasta la extinción de la Orden en España.

·      Nuevas Constituciones de la Congregación Italiana (1616). Son en realidad las definitivas hasta la reunificación de la Orden, si bien hubo algunas correcciones de la traducción del latín en 1718.

 

 

b) Desde el generalato del Padre Alfieri hasta nuestros días

 

·      Constituciones para toda la Orden en 1885. Se hicieron adaptando las anteriores.

·      Constituciones nuevas en 1926. Son muy distintas, estructuradas y normativas, fruto de la acomodación al nuevo Código de Derecho Canónico de 1917. Se reimprimieron en 1950.

·      Constituciones ad experimentum en 1971 según el sentir del Concilio Vaticano II y tratando de recoger las nuevas orientaciones sobre la Vida Consagrada de él dimanadas. Por primera vez, los aspectos normativos se publican a parte en los Estatutos Generales.

·      Constituciones de 1984. Asumen la nueva teología de la Vida Consagrada y recuperan el sentido original de la hospitalidad, con gran enriquecimiento doctrinal y pastoral. La mayor parte de las normas se publican en  los Estatutos Generales.

 

 

2. Principios sobre la evangelización

 

Las Constituciones, con diversos estilos según las épocas, recogen los principios fundamentales que inspiran en cada momento la misión evangelizadora de nuestra Orden. Nos detenemos ahora en señalar los más importantes:

 

 

a) La hospitalidad: misión apostólica de la Orden

 

La hospitalidad es el núcleo central de la vida de nuestra Orden; el carisma que San Juan de Dios recibió y de cuya experiencia fundante participamos desde entonces toda la Familia Hospitalaria; es también el núcleo esencial de nuestra espiritualidad, como expresan muy bien las Constituciones y los escritos de la Iglesia y de la Orden; es, por fin, el corazón de nuestra misión apostólica:

 

       “Tanto importa a vuestras conciencias y al aumento de este hospital y santa casa, la cura y regalo de los pobres, que es el fin de vuestro Instituto y lo que vosotros más pretendéis” (Const. 1585, Intr.).

 

       “Animados por el don recibido, nos consagramos a Dios y nos dedicamos al servicio de la Iglesia en la asistencia a los enfermos y necesitados con preferencia por los más pobres” (Const. 1984, 5a).

 

 


b)    Consagrados en hospitalidad

        ejercemos en la Iglesia el ministerio de la misericordia

 

Si bien es cierto que los primeros seguidores de San Juan de Dios vivieron unidos por el espíritu del Fundador, sin necesidad de normas canónicas para desempeñar su misión, pronto fueron reconocidos por la Iglesia para ejercer la misión hospitalaria, consagrados en hospitalidad.

 

       “En virtud de este don (hospitalidad) somos consagrados por la acción del Espíritu Santo, que nos hace partícipes en forma singular, del amor misericordioso del Padre... Este amor de Dios, derramado en nuestros corazones nos impulsa a consagrar al Padre toda nuestra persona” (Const. 1984, 2b; 10a).

 

Las citas serían casi interminables, pues habría que recoger los diferentes aspectos que a este respecto contienen las sucesivas ediciones de las Constituciones. Sin embargo, el contenido fundamental es el mismo.

 

 

c)    Misión sanadora de la Iglesia

       mediante el apostolado de la Orden

 

Siguiendo a Jesucristo, que pasó por este mundo haciendo el bien a todos y curando toda enfermedad y toda dolencia ( Act 10, 38; cf. Const. 1984, 2a), la Orden, desde su Fundador, ha puesto en el centro de su misión al hombre que sufre y se encuentra necesitado. A él ha dirigido todos sus desvelos, prolongando, de esta forma, la acción sanadora del Señor a lo largo del tiempo.

 

Con palabras, con gestos y con la entrega de la propia vida, los Hermanos de San Juan de Dios tratamos de atender integralmente a las personas necesitadas. La atención espiritual ha sido siempre cuidada con esmero porque, junto a los cuidados físicos, psíquicos y sociales, sabemos que la fe, vivida con madurez, es fuente de vida y salud aun en medio de la enfermedad:

 

       “Como Hermanos Hospitalarios hemos sido llamados para realizar en la Iglesia la misión de anunciar el Evangelio a los enfermos y a los pobres, sanando sus dolencias y asistiéndolos integralmente”.(Const. 1984, 45a)

 

 

d) Acogida universal

 

Inspirados en Jesucristo y a ejemplo de San Juan de Dios, los Hermanos no hemos hecho nunca ningún tipo de discriminación en el ejercicio de nuestra misión apostólica. Así lo señalan las Constituciones, y la práctica a lo largo de la historia lo confirma:

 

       “En este Hospital de Juan de Dios se curan todas las enfermedades, así de hombres como de mujeres que acuden a él”. (Const. 1585, 10,1)

 

       “Vemos en cada hombre a un hermano nuestro: acogemos y servimos sin ninguna discriminación, al que se encuentra necesitado”. (Const. 1984, 45b)

 

 

e)       Dimensión profética de la misión hospitalaria

 

La acción sanadora de la Iglesia comprende la promoción, el cuidado y la defensa de la vida. La Orden siempre ha apostado por la vida y ha proclamado su firme decisión de defenderla y luchar por ella, muchas veces desde el testimonio humilde y ejemplar del servicio cotidiano a los enfermos, otras con gestos de denuncia y, en ocasiones, con el testimonio martirial de muchos Hermanos. Todo ello, y en las diversas circunstancias, al igual que lo hizo San Juan de Dios, constituye la trayectoria profética seguida por la Orden y recogida, a veces entre líneas, por las Constituciones:

 

       “Acuérdense nuestros Hermanos que en la asistencia corporal de los enfermos están obligados a hacer todas las cosas que la salud de los mismos lo exige... aun con peligro de la vida” (Const. 1926, 225).

 

       “La hospitalidad que hemos profesado nos compromete a velar para que se respeten siempre los derechos de la persona a nacer, vivir decorosamente, ser curada en la enfermedad y morir con dignidad” (Const. 1984, 23a).

 

 

f)     Asistencia técnico-profesional  y humanización

 

Es cierto que en los últimos años la medicina ha avanzado como nunca, hasta llegar a cotas insospechadas hace sólo unas décadas. La Orden, desde nuestro Fundador, fue pionera no sólo por su entrega caritativa y hospitalaria, sino también por el nivel técnico y profesional que ofrecía en sus hospitales. La preparación en medicina, cirugía, enfermería, farmacia y otras especialidades, fue una preocupación permanente, de tal manera que en muchos hospitales de la Orden se fundaron escuelas de Medicina y Cirugía y Enfermería, donde se formaron muchos Hermanos: Madrid, París, La Rochelle, Roma, Venecia, Nápoles, Milán, Viena, Feldsberg, Straubing, Praga, etc.. Otros se formaron en universidades prestigiosas. En las áreas mencionadas destacaron Hermanos, no sólo en los hospitales de la Orden, sino también en los ejércitos de los diversos países y en hospitales civiles, como los Hnos. Chaparro, Ferrara, Bueno, etc.

 

La organización hospitalaria y los cuidados asistenciales fueron otros aspectos en los que los Hermanos tuvieron gran intuición y creatividad, siendo en ello pioneros. En la actualidad la Orden cuenta con obras de distintos tipos, entre ellas grandes hospitales muy tecnificados donde se aplican los más modernos avances.

 

A lo largo de  su historia, junto a la preocupación de una asistencia de calidad profesional y técnica, la Orden ha querido mantener un estilo lleno de caridad y ternura, muy humano, en la asistencia a los pobres y enfermos. Amor y ciencia, humanización y técnica, son el binomio que siempre ha tratado de mantener, siendo fiel al estilo de San Juan de Dios y haciendo real la misión de la Iglesia de ejercer la caridad y curar a los enfermos:

 

       “La caridad, sin embargo, no debe estar separada del progreso sino que debe ser la vanguardia, esto es, debe ser antigua en la caridad y moderna en los medios. Caridad antigua, medios modernos”.[xiv]

 

       “Los enfermeros dormirán en las salas de dichos enfermos para acudir con brevedad a sus necesidades”. (Const. 1585, 9,8)

 

       “El médico y cirujano han de ser tales en ciencia y caridad cuales se requiere para curar tantas enfermedades de tantos enfermos como en dicho hospital se curan”. (Const. 1585, 11,1)

 

       “Con nuestra misión hospitalaria realizamos y desarrollamos lo mejor de nuestro ser... Esto supone... la preparación humana, teológica y profesional como requisito imprescindible para poder ofrecer a los enfermos y a las personas necesitadas el servicio eficiente que merecen y justamente esperan de nosotros”. “En el ambiente tecnificado y consumista de la sociedad moderna... nos sentimos llamados a realizar nuestra misión con actitudes y modos humanizantes”. (Const. 1984, 43 y 44a)

 

 

g)    Colaboración con la Iglesia y con otras Instituciones

 

La Orden ha estado siempre abierta a la colaboración con otras Instituciones en el ejercicio de su misión evangelizadora. Se trata de una constante que hoy se mantiene y muestra el espíritu de solidaridad y servicio de la Orden.

 

       “Fin segundo de la Orden es el cuidado o asistencia corporal y espiritual de los enfermos... en las casas propias de la Orden o en otras a la misma confiadas”. (Const. 1926, I.3)

 

       “Las actitudes de servicio y apertura, propias de nuestra misión, nos mueven a cooperar con otros organismos de la Iglesia o de la sociedad en el campo de nuestro apostolado específico”. (Const. 1984, 45e; cf. 47)

 

 

h)    Misión “Ad gentes” 

 

La Orden nació casi a la vez que el “descubrimiento” del continente americano y muy pronto se sumó a la misión evangelizadora con el ejercicio de la hospitalidad.

 

Aquel inicio marcó la vocación misionera de la Orden que, dentro de sus posibilidades, se ha hecho presente en los cinco continentes a lo largo de su historia, llevando el mensaje del amor misericordioso del Padre a los pobres, enfermos y necesitados:

 

       “Conscientes de nuestra responsabilidad en la difusión de la Buena Nueva, mantenemos siempre vivo el espíritu misionero. Ejercitamos el apostolado misionero impulsando constantemente nuestra presencia en tierras de misión, particularmente en los países menos favorecidos...” (Const. 1984, 48)

 

Siguiendo esta orientación, que es también la de la Iglesia ( cf Vaticano II “Ad gentes”), la Orden ha realizado un gran esfuerzo por hacerse presente en África, América Latina y Asia.

 

 


i)     El apostolado de la limosna

 

La limosna ha sido una práctica apostólica a lo largo de la historia de la Orden. “Hermanos, haceos bien a vosotros mismos”. Era la llamada de San Juan de Dios al pedir limosna para su hospital. Hasta hace pocos años, y aún hoy en algunos lugares, los hospitales vivían de la limosna de los bienhechores de la Orden.  En la actualidad, aunque con medios más modernos y en la mayoría de ocasiones como apoyo a la labor social que la Orden realiza, sigue formando parte de su misión evangelizadora. Conforme la entendió San de Juan de Dios, se trata de un verdadero apostolado en favor de las personas que, con sus bienes, colaboran en la acción caritativa de la Orden,

 

       “Fieles a nuestro espíritu promovemos el ejercicio de la limosna como forma de apostolado. La entendemos no sólo como obra de misericordia que nos facilita los medios para ayudar a los necesitados, sino además como un bien que se hace a sí mismo quien la practica; asimismo, como anuncio de la justicia y de la caridad, para contribuir a suprimir las barreras existentes entre las clases sociales”. (Const. 1984, 49b)

 

 

j)     Unidos a los Colaboradores

 

La presencia de Colaboradores en la misión ha sido una característica permanente en la Orden. Es cierto que, hasta hace pocos años, los Hermanos eran quienes realizaban la mayor parte de las tareas hospitalarias. Sin embargo, y desde el Fundador, la Orden ha contado siempre con Colaboradores: médicos, cirujanos, sacerdotes, auxiliares, bienhechores y numerosas Cofradías y Hermandades en los centros.

 

En nuestros días, dada la modernización de la medicina y de la asistencia, en nuestras obras se ha integrado un gran número de profesionales con quienes compartimos la misión. Asimismo, la Orden cuenta  con muchas personas que, integradas en el Voluntariado asociado, ofrecen su tiempo y su ser al servicio de los enfermos y necesitados.

 

       “Conscientes de nuestra insuficiencia, buscamos y aceptamos la ayuda de Colaboradores, profesionales o no, voluntarios o contratados, a los que procuramos comunicar nuestro espíritu en la realización de nuestra misión”. (Const. 1984, 46b; cf. 51a)

 

 

k)    Sacerdocio ministerial a título de hospitalidad

 

Juan de Dios llamaba a todos hermanos y se consideraba a sí mismo como el menor hermano. Sus seguidores constituyeron una Hermandad dedicada al servicio a los pobres y enfermos y, cuando la Orden fue aprobada por la Iglesia, lo fue como Orden de Hermanos, según expresa Juan Pablo II en la exhortación apostólica Vita consecrata (cf VC 60).No obstante, desde su aprobación, la Orden ha tenido algunos Hermanos sacerdotes para la atención espiritual y pastoral de los hospitales y comunidades juandedianas:

 

       “Que en cada uno de los Hospitales existentes entonces o que se funden en el futuro, pueda haber una Hermano sacerdote, cuya función será decir misa, celebrar los otros oficios divinos, administrar los sacramentos tanto a los Hermanos como a los pobres de Cristo...”. (Bula Licet ex debito, San Pío V, 1572)

       “Nuestra Orden es un Instituto laical; no obstante desde su aprobación, se concedió que algunos Hermanos pudieran acceder al sacerdocio para proveer al ejercicio del sagrado ministerio entre los enfermos y nuestras Comunidades y obras hospitalarias”. (Const. 1984, 1c)

 

 

3.    La dimensión misionera de la Orden

        en los escritos de nuestros Hermanos

 

La dimensión misionera constituye un valor esencial en la vida de los Hospitalarios. Nuestra historia y tradición están llenas de testimonios que así lo confirman. Ofrecemos seguidamente algunos de los testimonios escritos más significativos, en los que aparece la preocupación, animación y dedicación al fomento de la acción misionera en  nuestra Orden. En aras a la brevedad, tomaremos solamente los escritos de los Hermanos a partir del Padre Juan Mª. Alfieri.

 

 

a) Padre Juan Mª. Alfieri

 

Nombrado General el 19 de mayo de 1862, ostentó esta responsabilidad hasta su muerte en 1888. Figura destacada en la vida de la Orden, su profunda vocación hospitalaria, amor a los pobres y enfermos, a la Iglesia y a su Orden, junto a sus dotes de inteligencia y espíritu emprendedor,  hacen de él la persona que se necesitaba en aquellos años difíciles de la segunda mitad del siglo XIX.

 

Impulsó la restauración en España, Portugal y América; animó a los Hermanos de Italia a mantenerse fieles y firmes en la misión de caridad con los enfermos, sobre todo cuando llegó la supresión de las Ordenes religiosas en ese país (7-VII-1866). Lo mismo hizo con los hospitalarios de las otras Provincias.

 

Escribió muchas cartas, entre ellas 26 circulares para reavivar el espíritu de caridad e inculcar la exacta observancia y formación de los jóvenes religiosos. Señalamos, como muestra, alguno de sus escritos:

 

       “Exhorto y mando que todos, y en todos los lugares donde se encuentren vuestros hospitales, presten al pueblo toda la ayuda que sea posible, también en la prevención de desastres, y por medio de vuestros superiores ofrezcan a las autoridades competentes, eclesiástica y civil, vuestra obra y también vuestros locales, conservando siempre vosotros la dirección y la asistencia”.[xv]

 

       “A este nuestro muy querido hijo (Benito Menni) en Cristo, mandamos ahora a Francia y a España, en donde permanecerá por el tiempo que Nos dispongamos para que promueva el incremento y bien de nuestra Orden al tenor de nuestras Constituciones e Instrucciones Nuestras y de la Santa Sede. Por lo cual, en gran manera recomendamos en el Señor a los Venerables Obispos y Superiores Eclesiásticos y Regulares y con todo encarecimiento les rogamos le presten en todo eficaz protección”.[xvi]

 

 


b) Beato Benito Menni

 

Nació en Milán en 1841, fue restaurador de la Orden en España, Portugal e Hispanoamérica, fundador de la Congregación de las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús, General de la Orden Hospitalaria y murió en Dinán en 1914.

 

Podemos decir que su labor hospitalaria fue, sobre todo, misionera. A los 26 años salió de Italia para desempeñar la misión que iba a marcar su vida: restaurar la Orden en España, Portugal y América.. Mostraba así su disponibilidad:

 

       “Escribía al reverendísimo P. Alfieri, entonces Superior General de nuestra Orden, diciéndole que de tal modo me sentía animado del deseo de trabajar en bien de nuestro Instituto hospitalario que me ofrecía a su paternidad reverendísima para que me mandase a donde creyere más conveniente, a fin de practicar la santa hospitalidad”.[xvii]

 

Las cartas escritas por el Bto. Menni fueron abundantes: 463 a los Hermanos, 870 a las Hermanas Hospitalarias y otras muchas, sobre todo en sus primeros años en España. Recogemos sólo algunos fragmentos que testimonian su vocación y entrega misionera.

 

       “Dentro de pocos días yo mismo acompaño al primer equipo de religiosos nuestros que han de ir a América... Empresa ardua y difícil, superior a nuestras fuerzas, que empero fiados en los auxilios de Dios esperamos llevar a feliz término”.[xviii]

 

Intentó, además, extender la Orden a Río Muni y Filipinas

 

       “He recibido su atenta del 30, y también el mapa de Río Muni, en el que veo que dicho país ha sido adquirido para España. Tal vez no tendría inconveniente en enviar algunos Hermanos; pero sería preciso que el Gobierno considerara a los individuos de nuestra Orden como Misioneros, o sea, que les declare exentos del servicio militar. Así que espero que su bondad me diga si Ud. podría influir para conseguirlo”.[xix]

 

       “Mediante la voluntad del Señor, será un hecho la llegada de los Hermanos de nuestra Orden Hospitalaria a esas Islas Filipinas, pero no irán a encargarse de hospitales... sino a fundar en ese archipiélago un asilo para dementes...”.[xx]

 

Siguiendo la tradición de la Orden, mostró su espíritu hospitalario y misionero en la permanente disponibilidad para atender a los enfermos y necesitados allí donde estuviesen, especialmente en caso de epidemias y catástrofes:

 

       “Excmo. Sr. Las gravísimas noticias que publican los periódicos sobre el estado sanitario del Manicomio de San Baudilio de Llobregat mueven al abajo firmado... a ofrecer a VE, en nombre de la dicha Corporación de Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios y de las Hermanas Hospitalarias de Ntra. Sra. del Sagrado Corazón de Jesús, el personal necesario para la asistencia de los coléricos en el referido Manicomio de San Baudilio”.[xxi]

 

En sus muchos escritos encontramos recomendaciones y orientaciones dadas a los Hermanos sobre el servicio y la hospitalidad para con los enfermos y pobres:

 

       “Por lo mismo, en virtud del voto de Hospitalidad, cada uno de los individuos profesos de nuestra Orden está obligado a prestar a los enfermos, sean pobres, sean ricos, que la obediencia, de conformidad con los fines de nuestro Instituto le encarguen, aquellos servicios corporales y espirituales que necesite, y según sus aptitudes y facultades les pueda prestar”.[xxii]

 

 

c. San Ricardo Pampuri

 

Nació el 2 de agosto de 1897 en Trivolzio (Pavía). Tras una infancia y juventud ejemplares, en junio de 1921 se doctoró en Medicina y Cirugía y, desde 1922 hasta su ingreso en la Orden, ejerció como médico en Morimondo. Ingresó en la Orden como postulante el 22 de junio de 1927 y emitió sus votos temporales el 24 de octubre de 1928. Murió en Milán el 1 de mayo de 1930.

 

Destacó por su bondad, sencillez, candor y profunda vida espiritual. De sus escritos, 146 cartas, y en relación al tema que nos ocupa, destacamos su gran  sensibilidad religiosa y misionera.

 

En su celo por las misiones tuvo mucho que ver su hermana, Sor Longina. Perteneció a la Congregación de las Franciscanas Misioneras del Corazón Inmaculado de María y permaneció en Egipto durante más de 60 años. La relación epistolar con ella fue extensa (66 cartas), llena de ternura y profundidad espiritual. San Ricardo le manifestaba sus deseos de amar y servir a Dios y encontrar la mejor forma de responder a su llamada:

 

       “Habrás comprendido cómo en el buscar el camino por el cual quiere el Señor que le sirva, no pocas veces se me ha dibujado ese tan glorioso del misionero; pero demasiadas veces la pequeñez física, y más todavía la moral, me disuadieron de él. Y, sin embargo, con cuánta vehemencia abrazaría ese estado, si la Providencia divina me lo indicase como lo más conveniente para mí”.[xxiii]

 

       “El día 3 tuve ocasión de hablar con el R.P. Provincial de la Orden de San Juan de Dios, en la que se me había aconsejado entrar hace unos años, y me dijo que gustosamente me acogería (si tuviese esa ocasión) a pesar de mi salud un poco enfermiza y la duda de la pleuritis. Como tú ya sabes, desde hace tiempo yo sentía la necesidad de una Regla para poder perseverar en una vida digna sin peligro de graves caídas, Por eso he aceptado tan fraternal oferta y el día 6 he presentado la petición de admisión, confiando exclusivamente en la bondad y misericordia de Dios”.[xxiv]

 

San Ricardo desempeñó su acción apostólica y misionera en la atención a los enfermos y necesitados. Su diligencia y profesionalidad no conocía límites, a pesar de su frágil salud:

 

       “Ruega también por mis enfermos, para que, con la ayuda de Dios, yo pueda proporcionarles un verdadero alivio”.[xxv]

 

La Orden acogería al médico santo, llamado por Dios a vivir la consagración hospitalaria. Vivió en ella apenas tres años, pero llenos de amor, humildad, entrega y testimonio de hospitalidad. Sirvió como formador de jóvenes religiosos que se preparaban para enfermeros y como médico en Brescia. Se hizo querer de todos, enfermos y religiosos, por su vida ejemplar:

 

       “Ruego tanto por nuestros muy queridos enfermos para que puedan encontrar en nuestros hospitales la salud espiritual y también abundantemente la material, cuando sea para la mayor gloria de Dios y la salvación de los mismos”.[xxvi]

 

 

d) Padre Efrén Blandeau

 

Nombrado Superior General por Decreto de la Sagrada Congregación de Religiosos el día 15 de enero de 1939, su servicio de gobierno y animación duró hasta el 26 de abril de 1953. Fue persona sencilla, dotado de gran bondad e inteligencia, lo que le llevó a ser querido por todos.

 

Tuvo que realizar este servicio durante la Segunda Guerra mundial, distinguiéndose por su preocupación en acompañar los distintos eventos que las Provincias y los centros afectados pasaban. En dos de sus cartas da a conocer a la Orden la situación en la que habían quedado los centros y el número de religiosos muertos, desaparecidos y presos.

 

En una de sus cartas a toda la Orden, valoraba así nuestro apostolado:

 

       “Seamos apóstoles por nuestro testimonio personal, en el cumplimiento de los deberes cotidianos, por muy humildes y modestos que puedan ser. Actuando así responderemos al sentir del Santo Padre que, hablando a la Acción Católica, declara que los hospitalarios son por su vocación caritativa, los pioneros de la acción católica”.[xxvii]

 

 

e) Padre Moisés Bonardi

 

Fue elegido Superior General de la Orden el 26 de abril de 1953, ostentando esta responsabilidad hasta 1959. Mostró especial sensibilidad y preocupación por las obras misioneras y por la formación de los religiosos destinados a ellas. Destacamos algunos párrafos de sus escritos:

 

       “San Juan de Dios soñó la vida de misionero entre los desiertos de África; nosotros, sus hijos, en este Año Mariano, como homenaje a la Virgen Santísima, traducimos en acto el deseo del Santo Fundador y llevamos su obra de evangelización, confiada a la caridad, entre las gentes aún lejanas de la fe y de la civilización”.[xxviii]

 

       “El ideal misionero se va difundiendo y toma consistencia y fuerza en las filas de nuestra Orden. Nosotros acogeremos de buen grado todas las iniciativas que surjan del fervor misionero y, unificándolas, las presentaremos a todas las Provincias para que tomen parte y nos den el contributo de su colaboración. En esta carrera de fe y generosidad, todas las Provincias, aún las más pequeñas y pobres de sujetos y medios económicos, podrán encontrar su puesto de honor y de trabajo”.

 

       “Por lo tanto, es indispensable que los religiosos que se destinen a las tierras de misiones, sean antes preparados convenientemente”.[xxix]

 

 


f)  Padre Higinio Aparicio

 

Fue nombrado Superior General de la Orden el día 26 de abril de 1959, desempeñando esta responsabilidad hasta 1971. En continuidad con el Padre Moisés Bonardi impulsó la extensión de la Orden por tierras de misión y mostró especial interés por la formación y la adecuada inserción de los Hermanos en aquellos países y en sus culturas. Destacamos algunos textos de sus cartas circulares:

 

       “Tenemos que agradecer al Señor el momento y expansión que actualmente ha conseguido la Orden a través de las provincias Españolas, tanto en la Península como en tierras de América y África más recientemente”.[xxx]

 

       “Aprovecho la oportunidad para informarles que la Orden tiene ya un hospital misional en la India..., en el estado de Kerala y diócesis de Chanagacherry, de rito malabar. Esta nueva fundación ha sido realizada por la Viceprovincia Rhenana”.[xxxi]

 

       “El religioso que reside en una tierra extranjera ha de considerar, como uno de sus primordiales deberes, el de esforzarse en adaptarse al ambiente cultural del país donde habita...Procúrese por parte de los religiosos la adaptación a las costumbres del país, a su género de alimentación, formas sociales y hasta modismos de lenguaje que allí son propios... En los Centros de formación... debe irse disponiendo el ánimo de los jóvenes para vivir el día de mañana en cualquier lugar donde la obediencia pueda enviarles... creando en ellos una mentalidad de universalismo cristiano para que sepan amar, respetar y comprometerse con la nación donde se les destine”.[xxxii]

 

 

4.    La acción misionera

        según el pensamiento de nuestros misioneros

 

En este apartado recogemos el pensamiento y el testimonio de varios Hermanos que en la actualidad ejercen su apostolado en distintos lugares del mundo. Sus palabras aportan  realismo y vida a la presente reflexión.

 

 

a) Hno. Antonio Leahy. Papua Nueva-Guinea[xxxiii]

 

     La llamada a trabajar en las obras misioneras de la Orden es un regalo y una herencia que todos los Hermanos hemos recibido de Jesús y de nuestro Padre San Juan de Dios. Nuestra misión es llevar la Buena Nueva de Jesús, según el estilo de San Juan de Dios, a aquellos con quienes nos encontramos cada día.

 

     Los Hermanos estamos  en Papua Nueva-Guinea desde 1971. Nuestro  deseo es  continuar la obra de San Juan de Dios respondiendo a las necesidades específicas del país, dedicándonos, especialmente, al cuidado de los disminuidos físicos y psíquicos.

 

     La pequeña semilla se ha convertido en un pequeño pero saludable bosque. El fertilizante que ha ayudado a este crecimiento ha sido la aceptación de candidatos nativos como Postulantes y después como Hermanos. Hoy la misión en Papua Nueva-Guinea abarca dos campos:

 

     1.- Atender a los necesitados, especialmente al enfermo y al pobre.

     2.- Ayudar en el discernimiento de las vocaciones nativas.

                

     Ahora la esperanza y el sueño de la Orden es que el pueblo de Papua Nueva-Guinea pueda conocer el amor de Dios a través del conocimiento y la obra de Juan de Dios, para que ellos mismos sean misioneros en medio de las personas con las que trabajan y viven.

 

 

b) Hno. Fortunatus Thanhauser[xxxiv]: los Hermanos de San Juan de Dios en la India

 

     Después que los Hermanos de Portugal fundaran en Goa hace varios siglos, la misión vuelve de nuevo a la India terminado el Concilio Vaticano II, a raíz de la visita que un obispo indio hizo a Alemania en el año 1964. Este prelado había estado otras veces en el hospital de la Isla Tiberina en Roma, quedando impresionado de la dedicación de los Hermanos a los pobres enfermos. Esto le hizo pensar: “¡Si yo pudiera tener a estos Hermanos en mi diócesis, en la India!” Finalmente, los Hermanos se dispusieron para ir a la India.

 

     Venciendo toda clase de dificultades, tres Hermanos consiguieron visado para la India. Los primeros Hermanos, llegados desde Alemania, fueron Fr. Fortunatus y Fr. Prakash. Llegaron a Kattappana el 19 de noviembre de 1.969 y abrieron un pequeño dispensario con la ayuda de un médico indio y algunas religiosas. Este dispensario, con 20 camas, fue creciendo a largo de 25 años hasta convertirse en un hospital con 275 camas y 18 médicos, incluidos los especialistas.

 

     Viendo las necesidades, y con el consejo de los médicos, se construyó el Long-Time-Hospital con una capacidad de 150 camas para pacientes crónicos, ancianos, y una sección para niños disminuidos.

 

     En el hospital casi no hay conversiones, mientras que en el Long-Time-Hospital (la Casa de los Pobres) las hay frecuentemente, aunque nadie es dirigido ni forzado. Lo mismo sucede con los niños de la escuela, donde son atendidos 56 niños externos. En el hospital de Kattappana hemos llevado a cabo varios intentos de realizar una pastoral de la salud más organizada, puesto que la misma es, principal o únicamente, entendida como administración de los últimos sacramentos.

 

     Puesto que Kattappana se encuentra en un lugar apartado, era difícil disponer de sacerdotes y maestros para el Noviciado, por lo que se estableció en Madras-Poonamallee, cerca del Seminario de los Padres Salesianos. Junto a la casa del Noviciado, desde 1981, hay una pequeña Casa del Pobre (Poor Home) y un dispensario.

 

     Llamados por el Obispo de Kandwa, en el Estado de Madhya Pradesh, en 1986 se inició una nueva obra en Deshgaon, cerca de Kandwa, abriéndose un centro de salud y un dispensario. En este Estado las conversiones están prohibidas por el gobierno.

 

 

c) Hno. Savio Tran Ngoc Tuyen[xxxv]:  Bién-Hóa (Vietnam)

 

     Los  Hermanos canadienses llegaron a  Vietnam en enero de 1.952 y permanecieron hasta septiembre de 1.975. Durante la guerra soportaron muchas pruebas para poder transmitir el espíritu de San Juan de Dios a los Hermanos vietnamitas. Fueron un gran testimonio de evangelización por su acción hospitalaria.

 

     Gracias a su perseverancia y sacrificio consiguieron formar a los Hermanos vietnamitas, siendo ésta la razón por la que nuestra Orden existe hasta nuestros días a pesar de no haber llegado nuevos Hermanos misioneros desde hace 20 años.

 

     Desde 1975 hasta nuestros días, los Hermanos vietnamitas se esfuerzan por adaptarse a las circunstancias del régimen socialista para continuar viviendo según el espíritu de San Juan de Dios y la espiritualidad de nuestra Orden, a pesar de tantas dificultades como hay. “San Juan de Dios sigue vivo en nuestro tiempo”.                 

 

La acción misionera en Vietnam:

 

·      Objetivo: Las personas pobres de los pueblos aislados y lejanos.

·      Acción: Formar a las gentes en la prevención y la higiene, curar las enfermedades en el inicio de las mismas y curar a domicilio.

·      Medios: Los económicos y financieros precisos. Hermanos, de dos a cuatro en cada pueblo

·      Utilidad: Para la Orden resultará fácil instalar una casa en la que se podrían hacer muchas cosas, sería un signo sensible, un testimonio; para las gentes supondría poder atender a muchas más personas y conocerían más nuestra Orden; los precios serían baratos y la atención más cuidada.

 

 

d) Hno. Manuel Nogueira[xxxvi]:  Nampula (Mozambique)

 

     Nuestra oportunidad misionera: Lo sabemos bien, toda la Iglesia es misionera y misioneros son todos los entes y organismos que componen la Amada Esposa, continuando así el Ministerio del mismo Cristo. Es también cierto que todos estos organismos deben asumir el encargo misionero de acuerdo con su propia naturaleza y carisma, utilizando los medios adecuados. Por tanto, a nosotros nos corresponde ser misioneros de la caridad hospitalaria, puesto que éste es nuestro carisma y nuestra tarea: expresar el amor del Padre hacia los necesitados de todo tipo.

 

     Resulta, por tanto, evidente lo oportuno y adecuado que es nuestro modo de colaborar en la construcción del Reino de Dios en las actuales circunstancias. En efecto, cuanto más variadas son las voces y llamadas de nuestro mundo, más evidente es la urgencia del testimonio a través de las obras, como entrega al servicio de las miserias humanas.

 

     Pero si nuestras posibilidades son grandes, otro tanto lo es nuestra responsabilidad. No es válido cualquier tipo de preparación de nuestras obras y nuestros Hermanos para conseguir una eficaz acción misionera.

 

     Algunas condiciones para el éxito misionero: Obras adaptadas a las condiciones. Sabemos que hoy la actividad hospitalaria, como cualquier otra, puede convertirse en una actividad apostólica interesada, incluso explotadora. Esto debe significar para nosotros una advertencia a la hora de decidir qué tipo de obras debemos organizar o debemos dejar, según sean las circunstancias. Es obvio que nuestras obras deben estar particularmente abiertas a los más necesitados, a quienes otros organismos rechazan, a quienes sólo pueden contar con nosotros. De aquí se deduce que la rigurosa selección de los pacientes  o enfermos que acojamos en nuestras obras puede ser signo de un trabajo bien organizado, pero quizás no lo sea tanto de un desarrollado sentido de caridad. El verdadero hombre de caridad tiene, como tuvo nuestro Fundador, un corazón sensible a todos los necesitados y no sólo a una parte de ellos. Por eso, si una obra debe especializarse en una determinada rama o aspecto de la asistencia sanitaria, sería a la vez muy conveniente que funcionara en ella un sector de atención a casos de urgencia y de gran necesidad de ayuda. Nunca debe ser excluido un pobre. Una puerta abierta y un rayo de esperanza ha de haber también para los más desafortunados.

 

       Apertura y colaboración con y hacia todos: Otra preocupación ha de ser la apertura y colaboración con todos los organismos, sobre todo si trabajan en nuestro mismo campo sanitario. Cuando se llega a un sitio desde lejos y se ha tenido una formación alejada de la vida real, existe el peligro de considerarse a sí mismo modelo y patrón, malinterpretando a quienes piensan o actúan de manera distinta a la nuestra. Debemos hacer frente a esta tentación y cultivar el espíritu de apertura y colaboración con todos, hacia todos y de todos.

 

       El apostolado de la limosna: El apostolado de la limosna, tan querido por nuestro Santo Fundador y sus primeros seguidores, ¿no está hoy en crisis entre nosotros como consecuencia de la tendencia a abrirnos preferentemente a quienes pueden pagar o a quienes tienen quien pague por ellos? Y en una época en que cada día los ricos son más ricos y los pobres más pobres, ¿qué mejor podemos hacer (que la limosna), dentro de nuestro carisma, para acercar los unos a los otros e, incluso, para prevenir las revueltas sociales en lo que de nosotros dependa?

 

       Nuestra identidad eclesial y de consagrados: Finalmente una mirada sobre la conveniencia en nuestra acción caritativa de mostrar lo que somos, es decir, miembros de la Iglesia y consagrados. Ya sea en un ambiente cristiano o musulmán, oriental o animista, somos siempre elegidos por Cristo, investidos y enviados por su Iglesia para la extensión de su reino de amor compasivo y misericordioso. La gente debe saber y notar esto. Deben palpar que nuestro estilo de vida y el amor con el que los tratamos proceden de Dios y se basan en la doctrina y ejemplo del Señor Jesús.

 

       En resumen, que nuestras obras y nuestras relaciones con todos, sobre todo con los más desfavorecidos, testimonien nuestra adhesión a Cristo. Así seremos para todos un rayo de la Caridad de Dios, paliando la falta de amor que tanto empobrece la sociedad.

 

 

e) Hno. Ricardo Botifoll[xxxvii]l. Lunsar (Sierra Leona)

 

     Obviamente, el inmediato objetivo de la actividad de la Orden en los países en vías de desarrollo tiene que ser de naturaleza médico-sanitaria: ya sea a nivel de hospitales, dispensarios o de centros de cuidados primarios de salud. Cada vez se debe tener más en cuenta que la actividad sanitaria no puede quedar a la libre iniciativa de cada institución, funcionando desligada de la red sanitaria estatal, sino que necesita una coordinación, por no decir integración, con los organismos estatales e internacionales (OMS, sociedades de lucha contra la tuberculosis, la lepra, etc.). Los impresionantes éxitos conseguidos con las inmunizaciones de niños (sarampión, tétanos, polio) y los que se vislumbran ya con la vacunación antipalúdica, marcan esta dirección.

     Un riesgo contra el que hay que precaverse es el de pretender hacer las cosas demasiado bien hechas, es decir, el proponerse que nuestros centros hospitalarios en estos países tengan un nivel de técnicas y comodidades comparables con los hospitales europeos. Con ello sólo conseguiríamos que los beneficiarios resulten ser la minoría de gentes ricas y que nuestros centros quedasen fuera del alcance de la gran mayoría de pobres a los que, teóricamente, hemos venido a asistir. Es un peligro real.

 

     Podríamos hacer muchos otros comentarios, pero no caben en el breve espacio que se me ha asignado. Pero permítaseme una reflexión que es un poco obsesiva para mí: nuestra acción misionera debe pretender también mejorar el mundo europeo del que procedemos. Trabajamos en África persuadidos de que desde aquí ayudamos a nuestra vieja Europa. “Hermanos, haceos bien a vosotros mismos dando para los pobres...”. Este simple pero incisivo pregón juandediano, lo seguimos proclamando desde nuestros rústicos hospitales de la selva, de cara al norte, saciado pero insatisfecho. El quehacer de nuestras manos quiere ser una oración para que Europa crea, de veras, en el sermón de la montaña, “en obras y en verdad”. Esta es nuestra esperanza y una razón más en la que fundamentamos nuestro compromiso misionero.

 

 

f) Hno. Rafael Teh[xxxviii]. Monrovia.

 

     África es un continente de pueblos marginados, agitado a causa del tribalismo o rivalidades étnicas. Violencia, golpes de estado, problemas de refugiados de las guerras civiles, violaciones de los derechos humanos, explotación por parte del poderoso, hambre, pobreza, enfermedad, desesperación y muerte. La ausencia de paz y de justicia han sido la causa principal de este conjunto de problemas en África. La injusticia está profundamente arraigada en muchas estructuras pecaminosas del continente. Así es. Hay unos pocos ricos con abundantes propiedades y muchos desheredados sin tierra y extremadamente pobres. El poder de unos pocos y la impotencia y esclavitud de la mayoría.

 

     Los retos de África sobre la salud son: malnutrición crónica, dolencias diarréicas asociadas a las malas condiciones domésticas del agua y sanitarias, malaria y otras enfermedades contagiosas. El SIDA y la financiación de la salud. El alto índice de mortalidad infantil es causado por la malnutrición crónica y falta de higiene, males que pueden prevenirse desde cuidados primarios.

 

     La crisis económica y el recorte de los presupuestos están contribuyendo a una situación más pobre en la atención sanitaria. El prohibitivo coste de los medicamentos y de las estancias en el hospital hacen imposible el acceso de mucha gente, especialmente del mundo rural, a los cuidados médicos que requieren. La enfermedad y la pobreza forman un círculo vicioso: uno cae enfermo porque es pobre y se hace más pobre porque está enfermo.

 

     La arriba mencionada es la situación en la que nos movemos en nuestra diaria misión hospitalaria. Yo lo veo: nuestro centro hospitalario es como un oasis en medio del desierto. Puedo dar testimonio de ello, especialmente aquí en Monrovia, donde nuestro hospital ha permanecido activo en medio del fragor y los estruendos de la guerra como una “casa de Dios”, en la cual se reciben a todas las personas. Es muy gratificante ver las muestras de consuelo y las sonrisas de los enfermos y necesitados que podían llegar a este oasis, aunque sólo fuese para apagar su sed o para pasar su último día camino de la eternidad. Vienen contentos por el trato humano que reciben, porque tienen una cama y sábanas limpias para descansar, aun cuando esto no sea más que por unos minutos. ¡Cómo deseo que este oasis hospitalario pudiese extenderse a través de todo ese desierto, especialmente en las periferias!

 

     Algunas veces me dan ganas de gritar, por la frustración e impotencia que siento, por no ser capaz de cambiar las estructuras pecaminosas de la sociedad. Diariamente descubrimos el rostro del Siervo Sufriente, al ver tanta gente sumida en la pobreza, la explotación y la incultura, viviendo situaciones verdaderamente infrahumanas. Por otra parte, tengo el consuelo de que el acto que el misionero hospitalario realiza es Missio Dei, realidad de Dios y misterio eterno. Cuando llegamos a nuestros límites humanos, El nos conduce a través de las fronteras creadas por la voracidad humana. El espíritu hospitalario de generosidad y magnanimidad es el que nos motiva a permanecer abiertos para explorar nuevos caminos que nos acerquen más al servicio de las personas marginadas y haga más efectiva nuestra misión. La nueva hospitalidad nos invita a pasar del centro a la periferia, a buscar nuevos métodos para la transformación del mundo del pobre y de su entorno o de las malvadas estructuras sociales que conllevan estas humillantes condiciones.

 

 

g) Hno. Juan Bautista Carbó[xxxix]. Lomé (Togo)

 

     Desde la perspectiva africana puedo afirmar que la acción misionera desarrollada por la Orden durante su historia, y de una forma especial en los últimos cincuenta años, ha sido fecunda y más extensa de lo que a primera vista puede parecer.

 

     La misión hospitalaria ha estado en consonancia, desde el principio, con lo que nos propone la Redemptoris missio en el número 42: “El hombre contemporáneo cree más los testigos que los maestros, la experiencia que la doctrina, la vida y los hechos que las teorías. La primera forma de misión, el testimonio de la vida cristiana, es irremplazable...”.

 

     Cuando hoy en día vemos los lugares en que la Orden está presente, en la mayoría de los casos constatamos que alrededor del centro hospitalario se han desarrollado núcleos de población, habiendo contribuido la presencia juandediana al desarrollo social, económico y religioso (en algunos lugares los Hermanos han precedido a los ”misioneros” oficiales).

 

     Esto no quiere decir que no se hayan tenido lagunas, pero éstas han sido debidas más al ímpetu del querer hacer y atender tanta necesidad, que a falta de voluntad o deseo.

 

     El futuro del carisma hospitalario tiene en África una gran base de implantación y desarrollo, fundamentalmente para los Hermanos africanos, pero al mismo tiempo es un reto para toda la Orden. El futuro es esperanzador, pero se necesita la colaboración de todos para apoyar este crecimiento, que es bastante rápido y que puede desbordarnos.

 

     La Orden debe concretar cómo quiere estar presente en estas tierras, pues sus necesidades son muchas y en el futuro la Iglesia africana tendrá un gran peso en la Iglesia universal.

 

     Además, tenemos una gran responsabilidad, ya que somos uno de los pocos Institutos masculinos que nos dedicamos por entero al servicio del pobre y del enfermo, debiendo por lo tanto abrir nuevos cauces y ayudar a implantar el carisma de la misericordia en estas nuevas iglesias, tan ricas de contenidos, de vida, de mujeres y hombres abiertos al más allá.

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

Capítulo sexto

 

 

 

ORGANISMOS AL SERVICIO DE LA EVANGELIZACIÓN

 

 

Toda la estructura jurídica y organizativa de la Orden está orientada a animar, apoyar e incrementar el sentido apostólico de los Hermanos y la acción evangelizadora mediante el servicio a los enfermos y necesitados que, junto con los Colaboradores, realizan en la Iglesia.

 

En el presente capítulo nos limitamos a elencar los medios que la Orden ha orientado expresamente a apoyar la acción de la Orden en los países en vía de desarrollo, distinguiendo los que tienen una dimensión universal, por haber sido o estar promovidos por la Curia General y los que ha promovido y mantienen una o varias Provincias de la Orden.

 

 

1. Organismos de la Curia General al servicio de las misiones

 

a) Secretariado de Misiones

 

Durante el generalato del P. Moisés Bonardi, varias Provincias de la Orden orientaron Hermanos y recursos a la acción evangelizadora en África y buscaban el modo de hacerlo también en la India. Era un momento de resurgir vocacional en varias partes que, como es normal, suscitaba y alentaba el compromiso misionero de los Hermanos.

 

Con el fin de “estimular, incrementar, desarrollar y regular el prometedor movimiento orientado a hacer resplandecer la llama de la caridad hospitalaria de nuestro Padre San Juan de Dios también entre las ovejas que no son del redil de Cristo, para que puedan escuchar su voz y de este modo “haya un sólo rebaño y un sólo pastor” (Jn 10, 16)”[1], en la sesión del 19 de octubre de 1957, el Definitorio General aprobó los Estatutos para las Misiones de la Orden.

 

A partir de entonces, la Curia General ha intentado realizar el objetivo indicado, promoviendo no sólo ayudas económicas sino, sobre todo, dando orientaciones y organizando medios que ayudaran a los Hermanos a prepararse debidamente antes de ser destinados a países en vías de desarrollo, a mantener vivo el espíritu misionero en todos los Hermanos y, más recientemente, a aplicar los criterios formativos de la Orden en África, América Latina, Asia y Oceanía.

 

El Curso para Hermanos misioneros celebrado en Roma del 5 al 13 de febrero de 1980, fue un momento importante de reflexión y comunión para nuestros Hermanos misioneros  que, además de la oportunidad de actualizarse teológica, carismática y pastoralmente, sirvió para que cada uno de los participantes pudiera comprobar, en el diálogo con los demás Hermanos, la universalidad del compromiso misionero de la Orden. Era Superior General el Hno. Pierluigi Marchesi.

 

 

La Carta Misionera, de la que se habla en otro lugar, es también fruto de la reflexión y animación realizada durante el primer generalato del P. Marchesi. Los esfuerzos de este momento se orientaban, sobre todo, a coordinar la formación en África y a crear una cultura universalista de los Hermanos misioneros, cuyos resultados se recogerían años más tarde.

 

 

b) Fondo de Misiones

 

Durante la Reunión de Superiores de la Orden, celebrada en Roma en octubre de 1989, se aprobó la constitución de un Fondo Común para las Misiones de la Orden, “destinado a asegurar la continuidad del apoyo económico a las actividades asistenciales que se realizan en los centros misioneros de la Orden”, previendo que comenzara a funcionar a partir del 1 de enero de 1992.

 

Desde el momento de la aprobación y su entrada en funcionamiento, estaba previsto:

 

·      enviar a los Hermanos Provinciales el proyecto de constitución del Fondo Común, solicitando opiniones, sugerencias y que indicaran el aporte económico que podrían hacer durante los dos primeros años;

·      constituir en la Curia General un grupo de trabajo para dirigir la fase preparatoria;

·      profundizar en la posible coordinación de las ONG’S promovidas por la Orden y procurar relacionarlas entre sí.

 

El Reglamento del Fondo Común de Misiones fue publicado en febrero de 1992. Entre los objetivos, señala:

·      La Orden constituye un Fondo común de Misiones para sostener y potenciar esta forma de apostolado;

·      Se constituye haciendo valer el principio de la universalidad, queriendo llegar a largo plazo a afrontar los costos de todas las realidades misioneras de la Orden.

 

A partir de su entrada en funcionamiento en enero de 1992, “tendrá una primera fase cuya responsabilidad recaerá fundamentalmente  en las Delegaciones Generales de África y del Vietnam”.[2]

 

 

c) Escuela de Misionología de Roma

 

La formación de los Hermanos fue una de las principales preocupaciones y tareas del Padre Moisés Bonardi, quien advertía muy especialmente las lagunas existentes en el campo misionero:

 

     “No podemos ocultaros que nuestra Orden se ha embarcado en esta actividad -misionera- sin preocuparse mucho de la preparación específica de los sujetos”[3].

 

La Escuela de Espiritualidad, y su sección anexa de Misionología, fue erigida en Roma el año 1955, siendo aprobados sus Estatutos el 17 de noviembre del mismo año por el Definitorio General y confirmada plenamente por el Capítulo General de 1959. Se inauguró el 14 de octubre de 1956.

 

Los objetivos y fines de la Escuela de Misionología vienen determinados por el artículo 31 de sus Estatutos:

 

     “Considerada la actividad misionera que desarrollan algunas Provincias de la Orden y las exigencias especiales de tal apostolado, en creciente desarrollo, en la Escuela Internacional de Espiritualidad, se anexa una SECCIÓN MISIONERA especial, cuyo fin es el de preparar espiritualmente, moral y culturalmente los religiosos destinados a las misiones”.

 

El Padre Bonardi exponía los fines de la Escuela de la siguiente manera:

 

     “La Escuela que se abrirá en Roma el año escolar 1956-57 se dispone a dar a los misioneros todos aquellos conocimientos jurídicos, canónicos, lingüísticos, sanitarios y profilácticos para que puedan asumir sus deberes de apostolado y profesionales, con la certidumbre y serenidad de una adecuada preparación”[4].

 

Respecto a los destinatarios, el artículo 33 de los Estatutos establecía los requisitos para acceder a la Escuela de Misionología:

 

     “Las Provincias que deseen o prevean desarrollar en el futuro actividades misioneras, deben enviar a esta Sección misionera, aquellos religiosos profesos de votos solemnes, que deseen destinar a las misiones. Los religiosos deben poseer los requisitos físicos, intelectuales y morales que son necesarios para el apostolado hospitalario en tierra de misiones” 

 

Los criterios fundamentales del programa de estudios para la sección de Misionología vienen determinados por los artículos 34 y 35 de los Estatutos:

 

     “Los alumnos misioneros asistirán por un año o dos a algunos de los cursos del Pontificio Instituto Misionero Científico, situado en el Pontificio Ateneo Urbano de Propaganda Fide, y a un curso anual de Medicina Misionera para conseguir el diploma de enfermero internacional”. (art. 34).

 

     “En un reglamento especial para ellos se indican otros cursos particulares, con el fin de conseguir mejor su idoneidad en la futura actividad misionera a que se han de             dedicar, según el espíritu de la Orden”. (art. 35)

 

La Escuela de Espiritualidad y Misionología, en los primeros cursos, se estableció en el hospital de San Juan Calibita en Roma, hasta que, en 1963, se inauguró el Centro Internacional de Formación en la Via della Boceta.

 

En cuanto  a los resultados, la Escuela de Espiritualidad y Misionología, a lo largo de los años y en sus dos etapas de existencia, posibilitó la formación de un buen número de Hermanos de toda la Orden en los diversos cursos de teología, espiritualidad, hospitalidad y misionología, facilitando y elevando el nivel de preparación espiritual, religiosa y apostólica de la Orden en los años previos y posteriores al gran acontecimiento eclesial del Concilio Vaticano II.

 

Respecto a la sección de Misionología supuso dos realidades muy positivas:

 

·      La formación y preparación adecuada de un buen grupo de Hermanos que desempeñaron su apostolado en tierras de misión. Ellos hicieron realidad la expansión de la Orden con nuevas fundaciones misioneras en África, América y Asia.

 

·      La Escuela, a través de los Hermanos allí formados, unos fueron a misiones y otros no, y del empeño de los Superiores, fue creando una especial sensibilidad por las misiones, impulsando a muchas Provincias a fundar y sostener nuevas obras en los países en vías de desarrollo. Son, sin duda, frutos que prevalecen hasta nuestros días, puesto que muchos de los Hermanos en ella formados siguen todavía en obras misioneras

 

Desde hace algunos años la Escuela de Espiritualidad y Misionología no continúa funcionando como tal, básicamente porque las circunstancias y las necesidades van siendo distintas y es más fácil la formación en las Provincias. No obstante, el Centro sigue abierto a los Hermanos que realizan su formación en Roma.

 

c). Secretariado General de Pastoral

 

Tiene origen durante el generalato del Padre Pierluigi Marchesi, con el objetivo de impulsar y promover la evangelización y la pastoral.

 

Aunque su objeto primordial no era el campo de las misiones, sus iniciativas supusieron un impulso en la acción evangelizadora de la Orden. Entre los documentos publicados por este Secretariado, destacamos:

 

·      ¿Qué es la Pastoral Sanitaria? (1980). Su contenido hace una aplicación de la Evangelii nuntiandi a la realidad de la Orden.

·       Dimensión apostólica de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios (1982), que recoge las raíces y la proyección evangelizadora de la Orden.

 

 

2. Organismos Interprovinciales o Provinciales

 

Las Provincias que han tenido y las que actualmente tienen comunidades en países de misión, cuentan con organización propia para la animación de la vida de toda la Provincia, pero se han esmerado siempre en apoyar particularmente las comunidades, Hermanos y obras apostólicas de los países en vías de desarrollo. Sin embargo, como acabamos de ver, la Curia General ha procurado abrir horizontes de universalidad que se plasmasen en proyectos y actividades en los que la comunión y la colaboración entre las Provincias fuera efectivo. De este modo, han ido surgiendo Secretariados Interprovinciales que, en la actualidad, abarcan a todas las realidades de la Orden. Por su relación directa con el tema que nos ocupa, nos referimos a continuación al CIAL  (Secretariado Interprovincial de América Latina) y al CIPPA (Comisión Interprovincial Asia-Pacífico).

 

 

a) CIAL OH: Comisión Interprovincial de Animación Latinoamericana

 

La actual Comisión Interprovincial de Animación Latinoamericana  surgió con el intento de coordinar en dicho continente la respuesta a la llamada del Concilio Vaticano II a la renovación de la Vida Consagrada que, durante el año 1979, fue para todas las Provincias de la Orden un año de gracia especial: el año de la Renovación.

 

En América Latina, tras una minuciosa sensibilización, motivación y preparación a todos los niveles, se inició y concluyó felizmente el conjunto de programas encaminados a dar a conocer y motivar a todos los Hermanos de Latinoamérica lo que se había de vivir en lo sucesivo como renovación religiosa en la hospitalidad juandediana.

 

A medida que se avanzaba en cada uno de los programas de los cuatro cursos desarrollados en Bogotá (Colombia), en todas las evaluaciones se iba sintiendo la necesidad de un organismo que diera continuidad a la animación.

 

La idea de proseguir con un organismo de animación para todas las comunidades de América Latina fue promovida por el entonces Superior General, Hno. Pierluigi Marchesi, animador de la renovación, por los Hermanos Provinciales de Colombia y de España y sus Delegados Provinciales.

 

Así fue como el 17 de octubre de 1979, se constituye el Secretariado Latinoamericano de la Renovación (SELARE). Surge como un servicio de animación a la Orden Hospitalaria en América Latina, con un proyecto de Estatutos que serían posteriormente aprobados.

 

SELARE se define como un organismo sin ánimo de lucro, al servicio del ser y de la misión de la Orden y de los Agentes de Pastoral de la Salud de Latinoamérica. Su objetivo es “Coordinar y animar el proceso de Renovación, en sus distintos campos, para una presencia más viva de la Orden Hospitalaria en América Latina”.

 

De las actividades desarrolladas por el  SELARE , destacamos:

 

Al interno de la orden:

 

·      Ha realizado la animación con visitas programadas a las comunidades de las distintas naciones, para presentar los documentos de la Iglesia y de la Curia General.

·      Ha impartido Cursos para Animadores de las comunidades, para Formadores, de Preparación a la Profesión Solemne, de Pastoral de la Salud y para Hermanos Mayores.

·      En diciembre de 1979 se publicó el primer número del Boletín SELARE, con el fin de informar y animar a las comunidades, así como para presentar documentos y trabajos de interés para la Vida Consagrada, Formación Permanente y Pastoral de la Salud.

·      Casi al mismo tiempo, se iniciaba la Colección SELARE que, hasta el momento, ha editado más de medio centenar de títulos sobre los temas indicados en el punto anterior.

·      Ha elaborado y promovido un Plan de Formación en Pastoral de la Salud por correspondencia, en convenio con la Universidad de San Buenaventura de Bogotá.

 

Hacia fuera de la orden:

 

Todos los medios que se han indicado son promovidos por SELARE para facilitar la vida espiritual, comunitaria y la misión evangelizadora desde la Pastoral de la Salud. Muchos de estos medios están a disposición de las Iglesias locales de las distintas naciones; que los valoran y se aprovechan de los mismos, constituyendo casi los únicos existentes a su alcance para la Pastoral de la Salud.

 

SELARE también promueve, organiza y participa en toda clase de eventos relacionados con la ética sobre la vida humana, la Pastoral de la Salud, la teología y la espiritualidad de la enfermedad.

 

El 30 de octubre de 1.989 se aprobaron en la Curia General los Estatutos por los que se constituía, igual que en otras áreas geográficas de la Orden, el Secretariado Interprovincial de América Latina de la Orden Hospitalaria (SALOH). Desde ese momento SELARE pasaba a ser un departamento del mencionado Secretariado Interprovincial. En la reunión celebrada en Cochabamba (13 de septiembre de 1996), se constituía el CIAL OH (Comisión Interprovincial de Animación Latinoamericana) que asumía las líneas de acción del LXIII Capítulo General celebrado en Bogotá, y sigue desarrollando todas las actividades mencionadas en SELARE, abierta siempre a la creatividad y a la posibilidad de nuevas iniciativas en favor de la Orden y de la Iglesia en Latinoamérica.

 

 

b) Comisión Interprovincial Asia-Pacífico

 

Desde el año 1979, las comunidades y las obras de la Orden en Asia han sido reconocidas como entidad propia, cuando los Hermanos de la región eligieron representantes para participar en el Capítulo General Extraordinario de aquel año. Asimismo la región estuvo representada en el Capítulo General de 1982.

 

El 25 de febrero de 1991, el Gobierno General de la Orden, tras consulta a los Superiores responsables de las comunidades y de las obras de la Orden en Asia, erigieron el Secretariado Interprovincial Asiático (SIPA). El 15 de febrero de 1996, el Gobierno General aprobó una enmienda a los Estatutos que fue presentada en la reunión que la Comisión celebró en Manila (octubre de 1995), después que la Provincia australiana se uniera a la Región Asiática. La decisión de unirse a la Comisión Asiática fue tomada por la Provincia australiana para reflejar mejor las realidades culturales que existen actualmente en aquella parte del mundo. A partir de ese momento la Comisión se denomina Comisión Interprovincial Asia-Pacifico. (CIPPA).

 

El objetivo de la Comisión CIPPA es coordinar las actividades de las distintas comunidades y obras de la Orden en la Región Pacífico-Asia, en zonas de interés mutuo. La Comisión cuenta con un Comité Ejecutivo, compuesto del Presidente, Secretario/Ecónomo y otro miembro electo, que actúa en nombre de los miembros de la Comisión, tomando ciertas decisiones en los asuntos que la Comisión le asigna.

 

Los fines de la Comisión son:

 

·      La Cooperación en los campos de la pastoral, la misión, el estilo de vida, la formación, los laicos, los centros y la administración.

·      Estimular una mayor toma de conciencia de lo que a la Orden se le pide en Asia y en el Pacífico, de manera que pueda tener una presencia más eficaz, que consistiría en implantar la Orden en Asia y en el Pacífico con expresiones de Hospitalidad nuevas e innovativas.

·      Promover y coordinar peticiones de ayuda a las organizaciones internacionales.

·      Desarrollar programas apropiados de formación y estilo de vida.

·      Facilitar el intercambio de experiencias y personal entre las comunidades y las obras de la Orden en Asia y en el Pacífico.

 

La Comisión CIPPA en su reunión de Manila (octubre de 1995), decidió la creación de un Instituto Asiático de Formación Hospitalaria, con el fin de promover la formación espiritual, cultural y profesional de las personas involucradas en la asistencia sanitaria y los servicios sociales en Asia. La orientación particular del Instituto es preparar para el liderazgo que todos los Hermanos y un buen número de Colaboradores laicos están llamados a realizar en la misión de Hospitalidad. La Comisión Inter-Provincial Asia-Pacífico publica un Boletín trimestral.

 

 

 

c) Fundación “Juan Ciudad” ONG.D

 

Las Provincias españolas, con el fin de promover y canalizar las ayudas destinadas a los centros de África que dependían de ellas, integraron en la estructura del Secretariado Interprovincial de España un organismo de carácter interno que, gracias a un constante crecimiento tanto en la programación orientada a conseguir ayudas de organismos públicos y privados, como en las crecientes exigencias de los centros de África, a partir del primero de noviembre de 1991 fue inscrita en el Registro de Fundaciones Docentes y de Investigación del Ministerio de Educación y Ciencia y en el Ministerio de Economía y Hacienda de España.

 

Se dedica al desarrollo y Promoción de la Salud en el llamado Tercer Mundo y a paliar, en lo posible, las muchas necesidades de los 33 centros y 15 dispensarios, con un total de 4.000 camas, aproximadamente, de la Orden en África y América Latina. La orientación fundamental a colaborar con los centros de la Orden no significa el que, en momentos puntuales, deje de colaborar con otros entes y organismos.

 

La sede de la Fundación Juan Ciudad está en Madrid, y cuenta con Delegaciones en las distintas Comunidades Autónomas de la nación. Pertenece a la Coordinadora de Organizaciones No Gubernamentales para el Desarrollo, de ámbito estatal, desde junio de 1994.

 

Los objetivos de la Fundación son:

 

·      Contribuir a la concienciación de la sociedad sobre las carencias y necesidades del Tercer Mundo, especialmente en el campo de la Salud.

·      Proveer, en la medida de lo posible,  a los centros de la Orden en África y América Latina de los recursos humanos, técnicos y económicos que soliciten.

·      Encauzar hacia organismos públicos y entidades privadas, inmersos en el ámbito de la Cooperación Internacional y la Ayuda al Desarrollo, para proveer a una adecuada financiación, los proyectos presentados por los centros.

·      Colaborar en la Educación para el Desarrollo de los propios pueblos en los que se encuentran los centros de la Orden.

·      Impartir docencia en nuestra sociedad desarrollada sobre posibles intervenciones sanitarias, tanto preventivas como asistenciales, en los países menos desarrollados.

·      Procurar que los centros de la Orden en el Tercer Mundo funcionen, a su vez, como “centros distribuidores y multiplicadores” de los recursos que reciben, para que pueda beneficiarse toda su zona de influencia.

 

Las actividades, como es lógico, están directamente relacionadas con los objetivos y fines:

 

·      gestión y financiación de Proyectos de Desarrollo;

·      envío periódico de ayuda humanitaria,

·      promoción, formación y orientación de Voluntariado internacional,

·      organización de cursos y seminarios orientados a la sensibilización de la sociedad española.

·      periódicamente, publica una revista de sensibilización y divulgación de las actividades de los centros de la Orden en África y América Latina.

 

 

d) Associazione con i Fatebenefratelli per i malati lontani - AFMAL

 

L’ AFMAL, Associazione con i Fatebenefratelli per i malati lontani, es una Organización No Gubernamental, ONG. y como tal, sin fines de lucro, comprometida en el campo de las necesidades sanitarias y en el desarrollo de iniciativas de solidaridad internacional. Nació el 30 de octubre de 1979, como sociedad orientada a trabajar en el sector del Voluntariado civil, reconocida como tal por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Italia el 17 de julio de 1987 y, desde 1995, es una de las organizaciones reconocidas por la Unión Europea. Está patrocinada y apoyada en sus actividades por la Orden Hospitalaria.

 

Desarrolla actividades de ayuda al desarrollo en el campo sanitario. En particular, promueve, organiza y dirige proyectos de desarrollo sociosanitario. En algunos casos, en el ámbito de la prevención, cura y rehabilitación; en otros, realiza proyectos integrados, desarrollados en colaboración con otras ONG’s. y asociaciones humanitarias, en los sectores sanitario, agrícolas, educativos, etc.

 

L’AFMAL selecciona y forma personal voluntario y contratado. Organiza programas de formación profesional en Italia y en el extranjero.

 

Desarrolla programas concretos y específicos en Filipinas. Además, desarrolla una acción de sensibilización de la opinión pública en cuanto se refiere a los problemas del subdesarrollo, el hambre, la salud, la marginación, en particular en los países más pobres. A tal fin, organiza seminarios y conferencias, promueve campos de trabajo y de estudio, produce material informativo y didáctico y publica un opúsculo de coordinación.

 

 

 

 


 

 

 

Capítulo séptimo

 

 

NUEVA DIFUSIÓN DE LA HOSPITALIDAD

 

1. Europa: fuerza dinamizadora de la presencia de la Orden 

 

La crisis que vivió la Iglesia, y por tanto nuestra Orden, en la primera mitad del siglo XIX, que significó la desaparición de la misma en lugares de tanta tradición como España, Portugal y Francia, fue superándose poco a poco. Gracias al apoyo de Italia, la Orden fue reorganizándose, como hemos visto anteriormente.

 

Si  hacemos el mapa de la Orden en el año 1.900, nos  damos cuenta que su presencia se limitaba a Europa, con la única excepción de las casas fundadas en el actual Israel a finales del siglo XIX. Quiere esto decir que Europa, a lo largo del presente siglo, ha sido la gran dinamizadora de la presencia de la Orden en el resto del mundo, incluidos algunos países de la propia Europa, como fue el caso de la ex Yugoslavia. La expansión se concretó de la siguiente manera: las Provincias españolas fundaron en América Central y del Sur y en África; la Provincia francesa en África y Canadá que luego, funda en Estados Unidos y en Vietnam; la Provincia irlandesa en Australia, Nueva Zelanda, Corea del Sur y una casa en Estados Unidos y África; la Provincia de Baviera en Japón; la Provincia Renana en la India; la Provincia inglesa en África; la Provincia portuguesa en Brasil y África; la Provincia Lombardo-Véneta en África; y la Provincia romana en Filipinas.

 

Se constata así la vitalidad del carisma hospitalario, el espíritu eclesial, apostólico y misionero de la Orden, el testimonio sencillo y profundamente evangélico de los Hermanos, la gran labor social realizada, y la aceptación y apoyo que ha encontrado en los distintos lugares donde se ha hecho presente.

 

La llamada permanente de la Iglesia a la evangelización de nuevas tierras, el deseo de la Orden de restaurar su presencia en lugares donde estuvo en otros tiempos, la propia vocación misionera, el afán de servir a los pobres y enfermos al estilo de San Juan de Dios y el testimonio evangélico-hospitalario, en ocasiones martirial, de muchos Hermanos, han sido las motivaciones profundas de esta expansión que hoy hace posible la presencia de nuestra Institución en los cinco continentes y en más de medio centenar de naciones.

 

 

a) La acción apostólica realizada en los centros

 

 

A lo largo del siglo XX, nuestra Orden en Europa ha desarrollado su acción apostólica principalmente en centros asistenciales propios, tratando de responder, en los distintos lugares donde se encontraba, a las necesidades más urgentes.

 

Los enfermos mentales, los disminuidos físicos y psíquicos y los niños aquejados de diversas enfermedades, especialmente munusvalías físicas y psíquicas, han sido los destinatarios de la misión caritativa de la Orden. Hospitales generales, centros para ancianos, transeúntes y otros nuevos necesitados completan la dedicación de la Orden en Europa hasta nuestros días.

 

Los Hermanos hemos desempeñado nuestra misión apostólica siguiendo el espíritu de San Juan de Dios. Hemos procurado siempre los mejores y más modernos medios técnicos que la ciencia podía aportar para la curación de los enfermos. Junto a ello hemos cuidado con esmero un alto nivel humanizador de la asistencia y una exquisita atención religiosa. La acogida a cuantos llamaban a nuestra puerta y los denodados esfuerzos en favor de la dignificación de los pobres y enfermos, constituyen las características principales del servicio realizado por la Orden en el presente siglo.

 

Han sido tiempos difíciles p